jueves, 7 de abril de 2016

Gregorio y nosotras


Bien, hagamos memoria. Uno, dos, tres y al pasado. Un paso pequeñito para el hombre, para la humanidad, un salto. Miremos el pasado con ojos amables. O intentémoslo. Observemos sin esperar nada a través de la rendija oblicua de la mente. ¿Qué veo? Veo un viaje a Granada impulsado por deseos de evasión y también por nuevos intereses. La Alhambra, qué gran lugar. Sí, eso dicen. Una guía de viajes, un libro de historia y otro de poemas de Juan Ramón sobre Granada. Mezclado en esta bibliografía azarosa, Ensayos de Gregorio Martínez Sierra. A partir de la mitad del libro Las cartas a las mujeres de España. Comienzo la lectura. Algunas opiniones llaman mi atención, encienden mi rechazo. Me detengo: examino las emociones que suscita la lectura de un ensayo feminista de principios del siglo XX escrito por un hombre que más tarde comprobaríamos muy poco feminista y bastante aprovechado. Me irrita esta lectura, me hace sentir francamente mal. No quiero seguir leyendo pero ¿cómo puedo criticar algo si no lo sigo hasta el final? "Sé valiente. Sé valiente aunque se te salgan las tripas del asco, aunque las consecuencias de tu empuje te lleven a sitios que no te gustarían: sé valiente. Porque si no eres valiente, morirás". 

 
Bien, soy valiente. Sigo leyendo. Las páginas suscitan pensamientos iracundos. Las lecturas añadidas hacen brotar el germen oculto del odio. Tengo que ser comprensiva. El feminismo estaba en ciernes hace cien años, las mujeres ni siquiera podían votar, eran propiedad de sus maridos. Gregorio estaba siendo bastante "progre" para su época. Aún así, ¡qué disparatadas me parecen sus reflexiones! Me enfado aunque no tiro el libro contra el suelo en uno de mis descontrolados arranques de ira. No. Me controlo. Es una virtud que he logrado atesorar a base de darme latigazos. No soy libre o tal vez sí, pero leo. Sigo leyendo. Cuando tengo ratos de soledad aprovecho para escribir también. Ratos como éste, en los que dejo fluir las palabras en que se trocó mi espíritu. Eso es: mi espíritu, palabras. Mis verdades se quedaron sin agua y se marchitaron como flores arrancadas de la tierra. Así que, después de tanto renegar de las palabras, de tanto negar su importancia, me he quedado vacía de actos, pero llena de palabras. La vida es un chiste que no le hace gracia a nadie. Volquemos pues, sin más dilación, esas palabras, que me sobran ¡oh, sí, me sobran!
 
Creo correcto advertir a la lectora o lector de este artículo que Gregorio Martínez Sierra fue un gran escritor. El problema radica en que gran parte de sus textos se los escribió su mujer María Lejárraga y los firmó él. Efectivamente, este señor es "el pieza" que habla de feminismo a las mujeres de España aconsejándonos una sarta de idioteces que ni él mismo sería capaz de cumplir. Exhortándonos a comportamientos con los que él mismo es poco consecuente. Entonces ¿qué nos queda, pues? Para no contaminarnos demasiado con la anécdota de su vida vamos a centrarnos, a pesar de lo escandaloso del asunto en otros menesteres, en la visión del feminismo en España a principios del siglo pasado a través de su libro Cartas a las mujeres de España.
 
A modo estructural diremos que la obra es un compendio de veinticinco "cartas" de corta extensión dirigidas a mujeres y trata todo tipo de temas: los clubs de mujeres, la mujer y el trabajo, la felicidad de la mujer, el ejercicio de la caridad en las mujeres y la maternidad, entre otros.
 
Empezamos mal: en el primer capítulo titulado "Dolorosa victoria" comenzamos con el pie izquierdo (si es que consideramos malo al izquierdo y no al derecho):
"Sí, señoras; antes de la guerra, los derechos de ustedes eran problema mundial y unas cuantas mujeres exaltadas se han querido dejar morir, sencillamente, de hambre para encontrarle la solución. Otro día, cuando acabe la guerra, hablaremos del heroísmo extraño de esas bravas hembras que, por defender la justicia de su causa, lo arrostran todo..., hasta el ridículo."
(Me pregunto qué pensaría de las manifestaciones feministas más radicales de la actualidad, ¿le parecerían ridículas también?).
 
Para Gregorio, la igualdad nos va a costar cara. Quizá sería mejor quedarnos en casa, atemorizadas por el futuro hostil y desconocido, guarecida bajo el ala protectora de nuestro padre o nuestro marido. Desde luego que sería muy cómodo, pero ¿cuánto cuesta esa comodidad?:
"Sí, de las mujeres es el porvenir. Ellas lo engendrarán y lo darán a luz, con dolor, como siempre. De sus entrañas saldrá la Europa nueva, amasada en su sangre. Y el fruto de su vida ¿cómo les va a negar el derecho tan suyo? ¡Oh feministas! Habréis ganado la batalla por la exaltación del deber silenciosamente heroico, suprema prerrogativa femenina. ¡Cara, como siempre, os habrá costado la igualdad conseguida!"
 
El segundo capítulo tiene tela. En él se refiere a los "Clubs de mujeres" que al parecer estaban muy en boga en Estados Unidos a principios del XX. Gregorio alaba este feminismo puesto que es "claro, burgués, práctico y transparente. Podría decirse que es el feminismo de las amas de casa." Vamos, que es el feminismo que no interfiere en las tareas domésticas que se nos achacaban entonces (y aún hoy). Dice:
"Y por ahí empezó: por la reunión de unas cuantas amas de casa, que después de cumplidos sus deberes; criados y educados sus hijos; reglamentada en perfecta ordenación la rutina del arreglo doméstico; cumplidos ya, o a punto de cumplirse, los cuarenta años; curadas del amor, se encontraron, no ya tan bonitas, pero sí tan fuertes y sanas como a los veinte, con el entendimiento más abierto y el corazón más generoso, y no quisieron resignarse a retirarse a un rincón de la vida como trastos inútiles..."
¿Qué entiendo por esto? Entiendo cosas que no me agradan: primero que a principios del siglo pasado se podía ser feminista siempre y cuando se cumpliera con las tareas propias de la mujer en esa época. Es decir, ser feminista en el tiempo libre (más bien escaso) y nunca desatendiendo al marido o a los hijos, es decir, las obligaciones de toda mujer; segundo: que para ser persona hay que pedirle permiso a la biología, porque todas esas ideas del feminismo están bien para las cuarentonas que ya no tienen hijos que cuidar o cuyo marido está tan harta de ellas que prefiere tenerlas ocupadas lejos de la casa. Esta es la sensación que me da y no me gusta. Tal vez sea como mi compañero dice "problema mío" y sea yo quien deba resolverlo, pero yo creo que se equivoca. No es mi problema, esto es lo que ha dicho Gregorio y no sólo él, sino muchos como él a través de la historia, basando su opinión en su prepotencia masculina. Cuanto antes lo admitamos y veamos el error, antes se resolverá sin conflictos para las partes involucradas. Hay que ser valientes, chicos.
 
Otra de las cuestiones la creo superada, por lo menos en parte, era esa supremacía idiota que tenían los hijos varones como un privilegio. Las madres eran entonces criadas y los hijos varones, reflejos en miniatura del padre, la autoridad suprema de la casa. Veamos un ejemplo:
"-Porque quiero saber lo que saben mis hijos, para conservar su confianza.
-Porque no quiero que mis hijos, que saben tanto, se averguencen de mí, que sé tan poco".
No, no me estoy equivocando, ni soy una mal pensada. Está hablando exclusivamente de los hijos varones, el mayor orgullo para una mujer, más que sus hijas, que son consideradas una carga. He aquí otro ejemplo: "...porque de mujeres inútiles no pueden nacer hombres útiles". Ahí lo dejo.
 
Otro de los puntos fuertes del capítulo dos (piensen por un momento que son veinticinco capítulos y recién estamos comentando el segundo, y no sin pasar por alto un montón de alusiones no tan sustanciales) es la consideración que tiene el marido. Al parecer existía la idea (aunque creo que esta idea persiste aún hoy) de que la feminista era una especie de mujer resentida que no había logrado encontrar marido:
"Luego casi todas las feministas de América han logrado alcanzar esa joya inapreciable que se llama marido. Luego no han buscado refugio en el feminismo por despecho..."
 
No me voy a entretener y voy a pasar al siguiente punto. Por suerte la visión del mundo laboral como se tenía entonces se cuestiona hoy bastante. Dice Gregorio que "¡Crear, producir! He ahí toda la razón de la vida." Evidentemente esta afirmación me escandaliza. Hay mucha gente que se piensa que porque uno quiere dedicarse a la vida contemplativa es un vago o no le gusta hacer nada. Todavía hay personas para las que todo es blanco o negro. Es obvio que en determinadas circunstancias las etiquetas ayudan, son necesarias, pero casi siempre hay que ser equilibrado, hasta para usarlas. No puede uno vivir en los moldes indiscriminadamente, ni volando todo el día. Al respecto hace alusión al Evangelio de San Mateo en donde se narra la maldición que echó Jesús a una higuera que no producía fruto. Y yo me pregunto ¿cuándo trabajó Jesús? Es decir, la figura pública de Jesucristo se formó básicamente a raíz del vagabundeo, de la vida contemplativa, meditativa. Jesucristo no tenía un taller de artesanías, ni se ganaba la vida sembrando la tierra. Jesús se fue de su casa. Dejó su estabilidad y la trocó por los sinsabores de la vida nómada. Entonces, ¿a qué viene esa idea de que hay que producir irremediablemente para ser digno? Me pregunto a quién se le habrá ocurrido esa afirmación y cómo habrá hecho ese alguien para tatuarnos en la mente esta idea consiguiendo que se extendiera y se aceptara como un dogma incuestionable, por lo menos hasta la actualidad.
 
Otra idea curiosa por lo menos, con respecto al trabajo femenino es que la mujer ahora que tiene "máquinas" que la asisten en las labores del hogar ya no tiene siquiera trabajo en la casa. ¡Cómo se nota quién cuidaba del hogar en el siglo XX! Evidentemente el autor de este ensayo no era mujer, porque no tenía ni idea de los trabajos que se hacían entonces e incluso hoy en día para mantener una casa en condiciones. Dice: "en media hora está perfectamente limpia la casa con un aparato de succión por el vacío". Yaaaaa, claaaaro. Este Gregorio es un cómico innato, je.
 
La maternidad, esa cosa tan ¡ay! femenina:
"El fruto que ustedes, mujeres de mañana, han de dar al mundo, ha de ser sus hijos. Piensen ustedes en esto valerosamente, sin falso rubor..." Vaya, pues qué triste destino el de las mujeres entonces. Destino análogo al de la abeja reina...poner huevos durante toda su vida para abastecer a la colmena de obreras. Dice también: "Piensen ustedes en la gloria de dar al mundo un hombre, y tiemblen ante la tremenda responsabilidad de tener en los brazos un hijo y no saber hacer un hombre de él". Esto es: el valor de la mujer está en procrear y educar verdaderos hombres (no dice nada de las mujeres feministas a las que les dirige su vana palabrería).
 
Entonces era exclusivamente connatural a la mujer criar a los hijos y además si nos salían rana desde luego ¡era culpa nuestra!: "No nos abandonéis, madres de nuestros hijos, que nosotros sabemos ganarles el pan; pero si vosotras no los hacéis buenos, serán nuestros verdugos y los vuestros".
 
La mujer por aquellos años era en muchos casos caracterizada como un ser insubstancial pero yo me pregunto ¿era posible hacer otra cosa, si lo que se esperaba de esas mujeres era que fueran un adorno, mera decoración hogareña? Sin embargo afirma (y no se corta un pelo, ¿eh?) que las mujeres han de ser bonitas, es su obligación: "La tierra es muy bonita en primavera; ustedes, como ella, tienen la obligación de ser lo más bonitas posible". ¿Por qué debemos ser bonitas? y sobre todo ¿qué es ser bonitas? Luego añade:
"Para ser realmente bonitas, nada de afeites. Afeites son los polvos, las pinturas, el horrible rojo, color de la remolacha, que algunas de ustedes se ponen en los labios. Afeites son los cabellos postizos. Afeites son los perfumes intensos. Muchas niñas de ahora tienen, al parecer, la extraña pretensión de no parecer mujeres honradas; tales van por las calles, que los hombres con un poco de juicio las tienen compasión".
 
A pesar de todo, me siento en la obligación de ser ecuánime.  Diré que Gregorio hace referencia al trabajo infantil. Entonces debemos pensar en que todo lo que afirma a lo largo y ancho de sus ensayos está dicho en una época y sociedad en donde el trabajo infantil existía. Quizás después de aclarar esto, nos parezcan un poco más inocentes sus palabras y no nos las tomemos tan a la tremenda, ¿verdad?
 
No voy a seguir porque hay mucha tela que cortar, yo estoy cansada y no tengo a nadie a quien quiera complacer, no tengo que ser rigurosa si no quiero. Hay muchas más frases y pensamientos inauditos para descubrir en este libro con el que abnegadamente me di cita. Voy a acabar este texto con un último mito, uno de los más odiosos y creo que es el que más lastra nuestras vidas en la actualidad, el de la mujer sacrificada:
"Podéis ser amantes, podéis ser admirables, podéis ser santas, podéis sacrificaros por nosotros, dar la vida y el alma por nosotros; si todo ello no lo hacéis sonriendo francamente, no os agradeceremos vuestro sacrificio; es más: lo soportamos como pesada carga, renegaremos de él."
 
Tras leer este libro, veo claramente que no se puede satisfacer a todo el mundo, ni ahora ni nunca. Las mujeres debemos ser como somos o como elegimos ser; en síntesis: como nos dé la gana. Lo demás no importa nada.

 

lunes, 29 de febrero de 2016

Goldmundo, el errante que se encontró a sí mismo

Como siempre me veo repitiendo todo una y otra vez. No hago más que leer y leer. Empiezo cosas y algunas de ellas son tan herméticas que no las comprendo. Las dejo a un lado. Las miro de reojo. Sé que a su vez esas cosas me miran expectantes. Son lecturas difíciles, que requieren que me implique desde el principio. No hay vaselina, tal vez paliativos, pero no pedagogía. Así es que las atesoro, las miro pasar y alejarse con el tiempo ha que no las veo. Cada vez se vuelven más pequeñitas, como las luces lejanas de una ciudad distante, pero sé que están allí. No se mueven ni un ápice, soy yo la que se mueve. Así me alejo sin querer de algunas lecturas que requieren práctica y constancia, que están dentro de mí, aunque quiera apartar el libro y ocultarlo en lo alto de la estantería: eso no evita que yo sepa dónde está, qué contiene, y lo peor de todo: que está pendiente.
 
Cuando pienso en el libro que está en lo alto de la estantería y miro su lomo gastado por otras manos que impacientes lo devoraron con su ph y sus enzimas casi hasta la destrucción, me desespero. Quisiera acogerlo en mi regazo como a un libro huérfano, pero no puedo, porque no lo comprendo. Está escrito en mi idioma, esto no me confunde. Sé de sobra que no es para mí porque ya intenté leerlo y no lo comprendo. Me he dado golpes en la cabeza en un intento vano de descifrar los vocablos extraños y las subordinadas insubstanciales. De nada ha servido. Por eso me volqué a la lectura de autores conocidos. Estos se me desvelan, al menos en sus primeras capas, accesibles. Son como amantes que se quitan la ropa en la primera cita: no hay remordimientos, ni miedo; tampoco hay recuerdos, solo el deseo efímero del hoy. Nada más. (Y nada menos, me digo, al pasar delante de la estantería en cuya cúspide se encuentra el libro que espero poder leer algún día).
 
Entre los libros conocidos se encuentran aquellos cuyos autores ya han sido domeñados por mi corto entendimiento y Hesse es uno de ellos. Ya van muchas novelas suyas que he acunado en mi mente y cuyas reflexiones he hecho germinar con el mimo propio de una jardinera inexperta. Torpes mis cuidados, pero no ineficaces. A la lumbre del tiempo que todo lo devora y sobre ruinas hice crecer novedades, he madurado reflexiones bonitas y tal vez útiles, aunque esto me importa muy poco.
Y si me pregunto ¿por qué es tan evidente con quién me identifico? Porque es evidente que me identifico con Goldmundo y es posible que lo más normal del mundo hubiera sido que me identificase con algo que es imposible que exista, es decir con Narciso. Estos no sólo dan nombre a la novela (Narciso y Goldmundo, 1930), sino que además conforman los arquetipos que Hesse desarrolla a lo largo de la historia. Sin embargo, es Goldmundo el personaje principal, el protagonista. Es el que aparece todo el tiempo mientras Narciso es incubado "a oscuras". Mientras Goldmundo vagabundea, conoce el amor fuera del convento, se convierte en peregrino decidido a encontrarse a sí mismo, rompe con las rígidas reglas que exigen las convenciones, se establece para volver a partir, encuentra un oficio para volver a mendigar, Narciso permanece siempre al amparo de la institución monástica. Él es el arquetipo de la razón, del pensamiento lógico, del orden, de la comodidad, de la seguridad. Este pensamiento lógico sigue unos pasos prefijados, se acomoda a unas estructuras decididas de antemano por otros. Goldmundo, en cambio, representa fielmente la falta de organización, lo salvaje y lo instintivo. Si se quiere, es más humano. Narciso es frío y calculador como un dios, no se deja llevar por los impulsos, no escucha la llamada que lleva de bruces a su amigo por caminos donde campa a sus anchas la temida peste. Es este el camino que elige. Uno, acobardado pero seguro entre las murallas infranqueables de la religión y las meditaciones, otro arrojado al éxtasis de danzas donde la locura es la invitada de honor.
 
Quien no vive, no puede morir. Así algunos artistas viven a través de sus obras lo que en su vida no pueden vivir y paren sus obras como hijos que de otro modo no verían la luz. Algunos optan por vivir y renunciar a la inmortalidad o tal vez hacen inmortal alguno de sus días. La Edad Media es un buen escenario para este propósito. Es un buen lugar para hacer germinar ambos arquetipos de hombre, incluso para amamantar sendas formas de ver el mundo: a través del pensamiento o a través de la pragmática.
 
Casi al final del libro, Narciso nos desvela la verdad de lo que parecía una antítesis irreconciliable:
 
"Quieres decir que no le concedes importancia alguna al pensar pero que, en cambio, sí se la das a la aplicación del pensar al mundo práctico y visible. Y yo te respondo que tampoco a nosotros nos faltan, en modo alguno, ocasiones ni la voluntad de aplicar nuestro pensar. El pensador Narciso, por ejemplo ha aplicado los resultados de sus reflexiones tanto a su amigo Goldmundo como a sus monjes numerosas veces, y lo hace a diario. Mas ¿cómo hubiese podido "aplicar" nada si antes no lo hubiese aprendido y ejercitado? También el artista ejercita constantemente sus ojos y su fantasía y nosotros descubrimos ese ejercicio suyo aunque sólo se manifieste en un reducido número de obras reales. No tienes derecho a rechazar el pensar como tal y aceptar, en cambio, su "aplicación". La contradicción es patente. Déjame, pues, que me consagre a la reflexión, y juzga mi pensar por sus efectos, de igual modo que yo juzgaré tu talento artístico por tus obras. "
 
Otra vez me convierto en un Goldmundo suburbano y moderno. Me atraviesan las calles sucias de mi barrio. El viento hace malabares con los desperdicios, las palomas picotean los restos de otros seres, las gaviotas reman en lo alto, la gente sin rostro me sale al encuentro en cada esquina. La peste, como a Goldmundo, me rodea, me cerca la Locura. Antes creía que me perseguía de puntillas. Cuando me daba la vuelta se escondía, traviesa, detrás de algún contenedor huraño. Pero ahora veo claramente que me equivocaba. Es la misma Locura la que camina delante de mí. Soy yo quien sigue sus pasos. Tira de mí como de un perro y yo más que un perro me siento buey enfermo, que no puede desembarazarse de sus cadenas y es arrastrado por el fango que refleja un cielo quieto y distante. Imperturbable pese a mis mugidos. Buscándome a mí misma comencé un camino que me camina a mí, del que ya no hay escapatoria. La Locura se ríe de mí sin palabras, sin sonidos. Es una señora de pelo revuelto y pecas en las mejillas que se sienta a horcajadas, como un primate. Nunca dice nada, pero sus ojos brillan como una navaja en una noche de luna llena. Y yo, como Goldmundo, debo acudir a su llamado. No puedo evitarlo más. Porque en mi andar se insinúa cada vez más patente mi destino. Y mi cara está rota en el espejo como si me hubiesen dado un puñetazo. ¿Es que nadie se va a apiadar del Goldmundo que me habita? Tal vez la actitud de Narciso no sea viable para ciertas personas.
 
***
 
Seguiremos caminando, como almas errantes que somos, desafiando el límite de la cordura en cada esquina, hincándonos de rodillas en lugares inapropiados para rezar y bailaremos como si estuviéramos dementes qué más da que la gente que pase nos mire escandalizada. Seguiremos andando con pasos cóncavos hasta acometer la última página y que estos se silencien de pronto.



miércoles, 27 de enero de 2016

La repetición y el arte de robar

"Esta no es una película de estilo policíaco. El autor trata de expresar a través de imágenes y sonidos, la pesadilla de un joven, empujado por su debilidad en una aventura de robo para la cual no estaba hecho. Pero esta aventura, por caminos extraños, reunirá a dos almas, que sin ella, quizás nunca se hubieran conocido".
La repetición no tiene porqué aludir únicamente a la reproducción de errores. ¡La repetición puede darse a tan variados niveles! Por ejemplo, una melodía sublime suele ser objeto de reproducción constante. La repetición no gasta su significancia, no erosiona su significado, puede ser más bien al contrario, no lo olvides.
 
 
 
 
Me encuentro ahora en el café vulgar de siempre, repitiendo sin parar los mismos pensamientos que derrocan la cordura tambaleante y dubitativa que habita en mi mente, inhóspito lugar. Repito mi ritual de siempre: una insignificante compra, unos pasos vacilantes y sonoros en una acera estrecha y recurrida por multitud de espíritus humanos. La soledad de estos paseos me ayuda a desnudarme ante mí misma, me ayuda a desvelar aquello que la compañía niega. La compañía de mi sombra es tal vez oscura pero audaz y no concede prórroga a sus deseos. Es una amiga que me acompaña a donde voy que ora me suscita palabras de aliento, ora derruye la entereza que me queda. Y es en esta soledad ritual, a medias buscada, donde reflexiono. En este lugar concurrido y bullicioso que es un café cualquiera encuentro el telón imprescindible para quitarme el disfraz que a dentelladas defendí buscando la compañía de la gente. Es este ritual repetido y esta aria que reproduce el color de mi espíritu en continua caída a los abismos del autoconocimiento.
 
Aquí me he propuesto escribir algo sobre una película repetida, sobre un director repetido y esa película es "El carterista" y ese director es Robert Bresson.
 
Hace días que no me ducho, para qué mentir. Tengo un aspecto lamentable. Mi pelo supura grasa, mis uñas sin cortar. Llevo la misma ropa que ayer. Así está mi alma igual de doblegada por un peso insostenible. Ha caído de nuevo en viejos vicios (Ya ves todo se repite. La vida es un ciclo que no cesa de repetirse, una rueda implacable, que viciosa, no deja de girar).
 
Pero pese a estas cosas, quiero sufrir. Quiero purificarme, quiero arrastrarme por el fango, quiero empaparme de lodo y así acaso le pase al protagonista de esta película que repito, como si fuera un mantra. Una película que destila sombría austeridad y delicadeza. Porque el acto de robarle a otros sin que ellos se den siquiera cuenta también es un arte. Es un arte que la víctima se sienta luego culpable de haber sido robada. El carterista no es un ladrón cualquiera. Tiene delicadeza. Puede extraerte la cartera con sumo cuidado y sin que te descuides. Ha desarrollado la habilidad de un prestidigitador. Ejercita sus dedos, los vuelve flexibles a fin de lograr sus típicos propósitos de ratero. El riesgo no lo amedrenta fácilmente. Es un visionario, un ser superior y es su conciencia la que le dictará cuándo es menester detenerse.
 
Sudo como un cerdo. Me siento incómoda, mas debo continuar con esta cadena catártica de palabras y de música. La repetición es también un lugar que me regala y me acoge.
 
"Pero esta aventura, por caminos extraños reunirá a dos almas, que sin ella, quizás nunca se hubieran conocido". Bonitas palabras para desvelar el final de la historia demasiado pronto.
 
El carterista pierde a su madre porque cualquier héroe que se precie debe ser huérfano para poder vivir su propia vida. Todo el mundo sabe eso. Hay muchas formas de quedarse huérfano, eso también es de dominio popular. La vida del carterista huérfano, desde luego, no es más fácil que la del que no lo es. La profesión es peligrosa y requiere de constancia igual que cualquier otro trabajo. Las calles monocromas de París son idóneas para este menester. Sin embargo, alguna víctima puede rebelarse, es un pequeño traspié para ganar mayor cautela, esto no debe desanimarnos.
 
La finalidad de todos esos pasos huecos ¿cuál es? ¿cuál es? me digo otra vez y el silencio sonríe de nuevo, malicioso.
 
La finalidad de esos pasos la desconocemos. La fe estúpida en la razón omnipotente del cosmos o Dios y en el progreso ilimitado nos conduce ciegamente a un lugar mejor, pero imaginario. Solo el tiempo que es amigo y enemigo a la vez desvelará al final, su verdadero rostro.El rostro que debamos contemplar, para el que estamos hechos.
 
"Creí en Dios, Jeanne, durante tres minutos".

martes, 8 de diciembre de 2015

El vínculo de dos soledades

Vuelvo a este apartado de mi libro como a una necesidad de la que no puedo prescindir. La lectura es siempre bienvenida y los libros no escasean por aquí. En mis oídos, mientras tanto, resuena una música lúgubre a tono con el día gris que hace hoy. Las novelas no siempre tienen por qué narrar hechos, vertiginosas cadenas de hechos que se suceden unos a otros sin sentido ni fin, así como la vida. La vida en sí misma no tiene esa necesidad de cambio y dinamismo constante. A veces partimos apaciblemente de viaje para vernos el rostro impasible reflejado en el agua de algún río en los confines de Europa, simplemente para mirarnos como nunca antes nos habíamos visto. Es muy fácil mirarse a través del reflejo que proyecta el vidrio reluciente de otros ojos, pero mirarse en el espejo escurridizo de la corriente que se aleja, sin intermediarios, eso es lo difícil.
 
Sin embargo y pese a lo dicho, no es lo que vamos a hacer ahora. Ahora vamos a mirarnos a través de una novela corta, con poco movimiento y mucha reflexión: El vínculo de Eduardo Mallea. Para esto procuraré valerme de todo tipo de argucias literarias para evadir la fatal tentación de desvelar el descenlace.
 
Pinas y Gerardo son dos caras de la  misma moneda. Son grandes amigos, de necesidades básicas cubiertas. Sus mayores desencuentros los reciben de la mano de su disparidad de caracteres, pero en esencia, la materia de su pensamiento, es básicamente la misma. ¡Qué gran hallazgo, el suyo!
 
No quiero plagiar en demasía, no quisiera incurrir en dicha infracción (¿o "plagiar" es acaso un delito?) pero no puedo dejar de aludir a lo que en la introducción llama Enrique Azcoaga "narrativa noticiera". Bien sé que hay literatura para todos los gustos y no me voy a detener en explicar las bondades de la literatura que no es un rosario de hechos sin concierto (rosario que abunda, muy a mi pesar, en las narrativas contemporáneas) pero me posiciono desde ya, y para que nadie tome desprevenido la elección siempre conservadora de mis lecturas. Dice Azcoaga "El realista descarnado, para quien la vida puede reducirse a una especie de nómina, diseca la realidad sobre la que trabaja" y también "Narrar (...) no es iluminar un tema repasándolo en sus menores detalles externos, sino partir de la penetración del mismo hacia un entendimiento de la vida (...)". Dice también "Los antropófagos, alejados de cualquier inquietud y con un corazón más bien pobre para entendernos, construyen el castillo de naipes de su novela muy lejos de la personalidad creadora a que extrañamente se debe, valiéndose nada más que de cierta habilidad expositiva". Pues bien, Mallea, afirma Azcoaga, "añade una 'dimensión moral'".
 
Pinas y Gerardo son dos amigos que "con tenacidad equiparable, habían protegido, cultivado la delicadeza, el sobrio decoro de esa amistad". Amigos que desde la adolescencia profesaban una relación fraternal y no excenta de formalidades. Aunque al principio parecía desdeñosa, la tía Ifigenia demostró pronto cierto interés por Pinas. Gerardo es descrito de una forma la mar de interesante, y al describirlo a él, Mallea, con gran habilidad, nos perfila a cada uno de nosotros:
 
"Cualquiera diría que un alma así estaba destinada a ser querida. Sin embargo, este hombre amable ponía entre él y las gentes un compás de frío, una distancia, una dimensión deshabitada que ni él ni los otros podían franquear fácilmente. Frente a él, uno se sentía reducido a ser, irremediablemente, uno. Imposible establecer esas comunicaciones a que la plena amistad se dirige y que se definen por paliar nuestra unicidad y permitir que en el corto momento que pasamos en la vida, algo nos salve, por algunos segundos, de no ser más que nosotros solos (...)."
 
Las diferencias de caracteres se describen tan acertadamente que parafrasearlas sería un crimen literario:
 
"Pinas confería a la existencia misma, a los hombres, al mundo, su crédito íntegro: les entregaba las llaves del arco. Esta disparidad de carácter establecía entre los dos amigos la siguiente situación: mientras Pinas se dirigía a la vida externa demasiado de prisa, Gerardo se quedaba atrás, ponderando, no precisamente desaprobativo pero mirándolo todo con cierta reconvención tácita en los ojos, velada la frente por la influencia de quién sabe qué sombra catónica."
 
La clave (o llave) para comprender el desenlace fatal se encuentra en el sueño premonitorio que tiene tía Ifigenia, y aunque no le dieron crédito al principio, luego tuvieron en cuenta los sutiles velos que envuelven la realidad oculta tras el sueño:
 
"Las otras noches he tenido un sueño premonitorio. ¿Cree usted, señor, que yo sueño con rosas? ¡Bah! Ya pasó esa época. Sueño, mi amigo, con dagas, asesinatos, cadáveres de ahogados, espinas clavadas en órbitas humanas y señoritas que se enjuagan de noche las manos teñidas de sangre de novios tiernos. ¡Conque ya sabe! Y la otra noche, la otra noche he soñado que Gerardo y usted se acercaban al mismo tiempo a cortar en un jardín una pasionaria, de cuyo tallo surgía de golpe una hoja de borde tan filoso, tan filoso que las dos manos -las manos de ustedes dos- quedaban rígidas, horizontalmente agarradas a la vara creciente..."
 
Tras esta confesión onírica (hay quienes dicen que ciertos sueños nunca hay que contarlos, aunque yo siempre lo hago, a cuenta de mi propia vida) les afirma que "algo los unirá siempre". Esas uniones, aunque invisibles, son fácilmente detectables, aunque nos restaría preguntarnos qué significado se desprende de esos lazos sutiles pero perceptibles.
 
En el relato no faltan descripciones de reflexiones complejas y sentimientos; entre ellos, esta joyita pictórica sobre el odio:
 
"Ciertamente, la vida tiene pocas sorpresas. La indiferencia, la distracción, el desconocimiento, pueden cambiarse en amor; el odio no. El odio no progresa más que en términos de odio. Las palabras tienden a combinar los colores, las relaciones, las tensiones, los matices establecidos en el espectro de los sentimientos; pero la vida humana no conoce más que colores simples. En la vida el negro es negro; y cuando nos hayamos cansado de manipular con las probetas, probando, mezclando y combinando colores según los gustos de nuestra fantasía o de nuestra necesidad, estará él esperándonos a la puerta del laboratorio, más irreductible e igual a sí mismo que la primera vez que lo vimos."
 
Al final, debido a circunstancias de la vida, los dos amigos, tras una larga separación se reencuentran y tienen una conversación en donde sus dos caracteres, en apariencia opuestos se equilibran, por dispares, son parte de una unidad:
 
"-Se trata- le explicó- de una cosa muy sutil y muy singular. Es como si yo hubiera abolido, ¿cómo decir?, mis oposiciones. Como si yo, de pronto, hubiera volteado esos obstáculos anímicos que se interponen entre uno y las otras modalidades humanas. La imagen que yo ahora tengo es exactamente la de haber volteado obstáculos, motivos, causas de oposición. Experimento a esta altura una necesidad de fundirme hasta con aquello de lo que estaba más separado. Pinas le dijo- hablaban jovialmente- que a él le sucedía exactamente a la inversa, y que las cosas y los seres que le eran antagónicos, cada vez hallaban en él un eco más diverso y una paciencia menos dócil. - Casi creo que estoy aprendiendo a detestar, y que lo de antes no eran más que tímidas tentativas de desacuerdo. -No; a mí no me pasa eso- insistió Durán. Su voz asumió cierta llana tristeza. Aclaró-: Lo que yo experimento es, veamos, una suerte de pacificación."
 
Finalmente, Pinas sigue el camino que le marca Gerardo y ya al final de la novela hay un vaivén de personalidades encontradas, un baile de caracteres que se ceden el paso entre sí por turnos:
 
"Cierta diferencia, cierta indiferencia, se había filtrado visiblemente en su trato con los demás. Lo veía. Durante dos o tres noches dejó que la sensación resbalara sobre sí, invistiéndose él de esa especie de protectora indolencia con que a veces  nos defendemos de las cosas molestas."
 
"(...) su realidad más interior, más verdadera, ya estaba sin contacto con los sucesos, los cuales se alternaban a su alrededor en una danza cada vez más distante, cada vez más lejana, en una suerte de ronda envuelta en ecos de ecos de ecos."
 
Pero más tarde..."Se echó a la calle; llevaba la vista ardiendo de necesidad de un hallazgo que le diera, en cualquier alma, en cualquiera, el toque de tierra."
 
Mallea alardea del dominio del lenguaje. Eso sí, sin megalomanía y con mucha humildad. Empuña la afilada espada de la reflexión incluso en lo que a la descripción de la conversación se refiere, a ese "desvelar" los guiones secretos que motivan los intercambios lingüísticos: "Cayeron de inmediato en una de esas típicas conversaciones suyas, prontas a ser guiadas por corredores imprevistos y donde la sorpresa de un hallazgo o el acierto de una inesperada callejuela dialéctica les producía cierta desproporcionada complacencia."
 
Y siguiendo con el tema del lenguaje, que por lo demás es apasionante, deberíamos hacernos cargo de que el enunciamiento de las propias obsesiones son una forma efectiva de aniquilarlas:
 
"Había concebido siempre la conversación como un expediente catártico: las sujecciones y enlazamientos a que su antigua soledad lo reducía sumiéndolo en agotadoras luchas de silencio con las formas nocturnas de sus obsesiones, hallaban en la conversación su vía liberativa, y él, amparado en la compañía ocasional del interlocutor, ensayaba aniquilarlas al enunciarlas."
 
Los seres no somos unicidad con variaciones, no. Somos entes diversos sin continuidad ni relación. Las existencias son plurales, no cambiamos "en nuestros accidentes, del modo, por ejemplo, como cambia una serpiente la piel, sino que nos sucede como si la serpiente, al cambiar, cambiara radicalmente de ser".  Una reflexión interesantísima, desde luego, que concluye del siguiente modo no menos atrayente: "Ahora contemplo mi existencia como una verdadera sucesión de existencias cuyo fruto no es la unidad tranquilizadora típica de un solo único, sino el complejo inquietante de muchas personas que me miran desde sus ángulos cruzados".
 
Y aunque no queramos, (y no queremos) la magia siempre estárá presente en nuestras vidas, algunos somos víctimas de los misteriosos designios de lo oculto, otros, intérpretes y otros, aún más lejanos de nosotros, ejecutores: "Las excentricidades de la superstición habían dejado a Pinas siempre indemne. Nunca creyó en adivinos, en magos; nunca creyó en supercherías premonitorias; nunca creyó en los símbolos ocultos de los sueños; en una palabra, jamás prestó crédito a lo sobrenatural". Por lo menos esto era así al principio.
 
Ahora una cuestión baladí pero simpática...¡cómo no se me había ocurrido en toda mi vida ponerle nombre  a las manchas de humedad que súbitamente aparecen, incubadas como por un útero invisible pero real! Por poco significativa que sea en la narración, "la pequeña Duffy" merece que la nombre. Como soy poco original, buscaré alguna mancha a la que nombrar, para que al hacerlo pueda existir. Esto es posible porque la soledad compensa en gran medida y Pinas, es un ser solitario que pese a ofrendar el sacrificio de su soledad, gracias a esa unicidad obtiene a cambio la recompensa de ser "a la par, su oficiante y su Dios. Y el cielo de los solitarios está siempre volado de pájaros secretos, de figuras, de números, de formas".
 
La sonoridad explicada como una vibración que produce la persona a su alrededor es una cualidad propia de la gente vital:
 
"Caminó, pensando seriamente que quizá el signo más sensible de verdadera vida resida en la sonoridad que un espíritu suscita en la otra gente. A mayor sonoridad, mayor vida, y viceversa; no contemos con los solitarios que se abrazan desesperadamente a una especie de opacidad suprema, en aras de otros sones ajenos a este mundo: con los que se abrazan a la experiencia mística."
 
Al final, cualquier excusa es buena para revolver dentro de las aguas opacas de uno mismo. Cualquier libro, cualquier película, cualquier pintura. Todos nos reflejan si queremos. Son una parte de nuestro ser en el mismo momento en que son admirados, por eso admiramos la belleza de las cosas, de las personas y por qué no, de las ideas. El vínculo de unión entre Pinas y Gerardo seguirá siendo invisible, apenas perceptible, así como muchos otros vínculos que nos rodean, que nos atrapan, que determinan nuestros pasos sin siquiera sospecharlo.



jueves, 3 de diciembre de 2015

"Rosshalde" de Pérez-Reverte*

(*Aclaración para las mentes más densas: Rosshalde es una novela de Hermann Hesse, el título es pura ironía).
 
 
Bien, tan sólo a nivel testimonial y todo lo escuetamente posible que me permita la indignación desmesurada que ahora siento, voy a referirme a mi última lectura. Me refiero a ella pese a lo dicho anteriormente por dos motivos: el primero de ellos está relacionado con la celebridad justamente ganada de su autor, escritor al que admiramos profundamente los amantes de la literatura y de la belleza; el segundo motivo es que tras dedicarle cierto tiempo no me pareció "justo" dedicarselo  a formas descuidadas a tal punto (ya sé, hoy parezco una niña pequeña blandiendo la espada de la justicia como un juguete).
 
Rosshalde es uno de mis descubrimientos en la librería para la que trabajo. Fue un objet trouvé desde el preciso instante en que mis ojos tocaron la luz que reflejaban sus tapas blandas multicolores. La exhibí orgullosa, antes de leerla junto con otros hallazgos propios de mi actividad, hasta que hace unos pocos días comencé su lectura en medio de los traqueteos inquietos de la línea 1. La fui descubriendo, obligada por mi mente rebelde, que siempre piensa a deshora en lo que es inútil. Pensé: "Belle, sería útil si terminaras de leer esta excelente novela antes del próximo fin de semana. Esto sería ideal porque atendiendo a tu maravilloso instinto de lo inmediato podrías dar algunas pinceladas en tu blog que permitan a otros apreciar la cara oculta de la obra de Hesse". Todo en vano.
 
Desde luego es una novela de Hesse y eso es decir más que muchas cosas. Por ejemplo, hoy tomé el disfraz de lectora interesada en las últimas páginas de una novela de Pérez-Reverte. Nunca había leido nada de este autor salvo un cuento muy bien escrito. Me pareció que se hablaba muy mal de un escritor muy bueno. A todo esto, debo decir que soy una de esas personas que suelen tener, por norma general, prejuicios, todos ellos positivos, lo cual no deja de hablar mal de mí, puesto que "el miedo no es zonzo" como decía mi abuela y la verdad es que el miedo es el padre de todos los prejuicios.
 
Temía caer de bruces en mis propias críticas, por eso siempre quise pensar bien de los autores a los que leía (este es el motivo de que algunos autores me estén vedados). Debo decir que soy una lectora de finales nefasta. Voy a explicarme en seguida. No puedo evitar hacer comentarios que arrastran al oyente fuera de la narración. Este arrebato también me embiste cuando miro películas acompañada. Me dedico a destrozar los diálogos, a participar en la película. No puedo soportar no ser el centro de atención, es una enfermedad que me visita algunas veces pero con mucha intensidad.  Hecha esta digresión totalmente innecesaria pero simpática os pregunto ¿qué pensaríais si cogiendo la penúltima página del libro en el párrafo número dos, leéis "caminaban a pie"? Una reacción hilarante le siguió a la lectura en alto de estas palabras. Mi compañero lo defiende de la siguiente manera: "así personifica el lenguaje impreciso del soldado". Bien, quisiera creérmelo pero descreer es un sano ejercicio en los tiempos que corren.
 
Ahora bien ¿qué tiene que ver Pérez-Reverte con Hesse? Tienen en común que el lenguaje mal utilizado, mal elegido y el atrevimiento a destiempo pueden costar caro. Porque para mi desgracia no estaba leyendo Rosshalde de Hesse, no. Estaba leyendo la destrucción de Rosshalde a través de la terrible traducción del profesor E. Ávila Etc. (no quisiera herir sus sentimientos aunque él sí ha herido mi sensibilidad con sus palabras poco meditadas).
 
Muchas veces dije que a veces es mejor callar porque las palabras dichas sinceramente pueden no ser las adecuadas y conspirar contra la verdad más que las propias mentiras. Dicha idea la llevo a su máxima expresión en mi vida cotidiana, y lo hago por amor a la verdad. Esta traducción de Hesse es un ejemplo diáfano de ello. Una traducción mala deprecia la obra, incluso puede arruinar una obra genial. Y como prefiero los actos porque son en sí mismos y no necesitan explicarse, cosa que las palabras nunca podrán ser (salvo algunos tipos de actos lingüísticos que aquí no vienen a cuento) me avengo a mis otras lecturas de Hesse para asegurar que, pese a la dislocada apariencia que transmite esta traducción de Cía. General de Ediciones de 1978, Rosshalde merece muchísimo la pena y atención por parte del lector.
 
La novela perfila la historia familiar de Veraguth, un pintor de fama mundial que, a pesar de su excelente trayectoria y gran porvenir como artista lleva una vida solitaria y mezquina rodeado de una mujer que lo evita y de un hijo que lo desprecia. Su única alegría es Pierre, el hijo menor de ambos, que dibuja una sonrisa en el rostro del pintor cada vez que irrumpe impetuosamente (como, por otra parte conviene a su edad) en el taller apartado de su padre. Veraguth recibe la visita de su amigo Otto, que lo convence de que abandone Rosshalde y parta con él de viaje hacia Oriente. Los acontecimientos se desenvolverán (siempre de manera casual, como todo en esta vida, no nos creamos que es una argucia certera del Hacedor que no tiene nada mejor que hacer que maquinar secretamente destinos perfectos para nosotros) de modo que al fin el pintor decide irse de ese lugar para comenzar una nueva vida (aunque esta nueva vida quede fuera del libro que nos ocupa hoy).
 
Las descripciones son trazos de oscuro carboncillo, que luego se van rellenando con pinceladas suaves de coloridos detalles que no puedo dejar de relamer una y otra vez, cada vez que paso inadvertidamente las yemas de los dedos por las páginas, intentando evocar, prendida de una concentración sutil y como si tocando las oraciones pudiera reconstruirlas, la realidad que hay tras estas abstractas representaciones que son las letras.
 
Las alusiones a la pintura son recurrentes:
 
"Lo incierto de esa luminosidad había despertado el eco de su alma de artista. Hasta entonces se había conformado con logros estéticos basados en una técnica analítica. Esta vez se enfrentaba a un reto pictórico, muy hermoso y poco común. En realidad, no se esmeraba en resolver dificultades técnicas o en plasmar una imagen fiel de la propia escena, sino que íntimamente sentía haber logrado descorrer, momentáneamente, el velo enigmático e indolente de la propia naturaleza y hacer surgir a la superficie un soplo de lo real y verdadero."

 
"- Escucha- prosiguió Veraguth-, todavía sigo con el deseo de pintar un ramo de flores silvestres como aquellos que juntaba mi mamá y que nunca he vuelto a ver. Ella era genial para eso, siempre animosa y alegre como una criatura, siempre cantando y moviéndose con su natural ligereza, y tocada con su gran sombrero de paja. Así es como la veo en mis sueños. ¡Ah! mi anhelo es pintar ese ramo de flores con toda la gama de matices de las florecillas del campo, ensartando algunas gramíneas y espigas; pero todos los ramos que he llevado al estudio no se parecen al tipo tan esplendente del hecho por mi madre. Ella tenía sus predilecciones, no gustaba de flores demasiado blancas, sino los ejemplares de raros matices, de tenues tonos de lila; pasaba tanto tiempo escogiendo, y había tan gran variedad..."

 
No quedan fuera de la novela las reflexiones sobre la felicidad, común denominador de la literatura de Hesse, por ejemplo en las interesantes conversaciones que mantienen los dos amigos:
 
"-Todo el que tiene fe y esperanza lo logra [ser feliz]- exclamó Otto-. ¿Y tú qué esperas, ya tienes éxito, honores, dinero? Lo que no sabes es lo que es la vida, ni el gozo ni la alegría. No, nada esperas, y eso es monstruoso, Johann. El que no quiere curarse una llaga maligna es un cobarde..."

 
Finalmente, Rosshalde es un lugar metafórico. Una alegoría de todo aquello a lo que hay que renunciar sin remedio porque es parte del pasado y está descuidado (como en la primera descripción que hace del jardín inconmensurable que rodea la finca):
 
"-Tienes que hacerlo- comentó Otto con aire de tristeza-. Es algo muy lamentable, pero tendrás que hacerlo. Despójate de todo el lastre en tu vida. Tienes que comenzar de nuevo para que veas el mundo tal y como es. Olvida lo pasado, todo depende de tu decisión, pero si quieres seguir dentro de esta cárcel, puedes estar seguro de que siempre estaré a tu lado cuando me necesites."

 
La expresión de los sentimientos es una constante. Una comparación divertida la hace Veraguth cuando habla con su criado al que le explica que es un gran artista sólo porque no tiene un rabo que menear:
 
"-La cosa es sencilla. Los perros, gatos y otros animales inteligentes tienen su rabo; es un apéndice de gran movilidad con el cual se expresan, sugieren su estado de ánimo, lo que piensan o lo que sienten. Pero como el hombre no tiene rabo, necesita del artificio de los pinceles, del piano o del violín para manifestarse..."


Bien, yo agregaría a esta lista reducida de artificios, la pluma, el bolígrafo o para ser más exactos el teclado del ordenador. Las palabras importan, pero no lo son todo. Las palabras son significativas cuando secundan a los actos. Todo el misterio de una palabra se desvela en el acto circundante. Los hechos hablan más que las propias palabras. Más que la escalofriante traducción que llegó a mis manos y más, mucho más que los infantiles escarceos de Pérez-Reverte con la narrativa.


 
Y colorín colarado, este trago se ha acabado (y siendo consecuente con todo lo dicho, me voy corriendo a preparar otro).

jueves, 19 de noviembre de 2015

Versión libre de "La peste" de A. Camus


La peste nos persigue. Sale de su continente y amarillea las páginas, carcome la tímida tinta de edición barata (la única que tenía mi proveedor de literatura vieja), hostiga los afilados bordes de las hojas y descalabra el encolado de mala calaña que mantuvo unidos los pliegos otrora.
 
A pesar de estas vicisitudes me sumerjo en la lectura, me sumerjo en un océano de pestilencia. Rieux tal vez pueda salvar esta edición proletaria destinada como mucho a una lectura ¿quién sabe? La lectura es ágil, pero la reflexión, lenta. Los hombres son los protagonistas de esta ciudad-isla en la que las ratas salen a morir desde que despunta el día y no paran de aparecer por todos lados, tambaleantes. Al principio es tan solo una curiosidad, una anécdota. Las ganas de sorprenderse por algo inundan la ciudad de Orán, y nos encontramos con que el tema de conversación primordial son los roedores inmundos. La realidad es que sin saberlo ya nos están contaminando: sus pulgas esparcen las semillas del mal y nos hieren de muerte. Una rata no hace la peste, no. "Menos mal", suspiramos aliviados. Pero si al pasar los días vemos como la película se nos empieza a hacer repetitiva, si al mirar por la ventana abierta advertimos una montañita de cadáveres, ya nos empezamos a preocupar y en consecuencia, cerramos la ventana. Pasan las semanas y en la ciudad no se habla de otra cosa...la novedad de las ratas. Ratas saliendo de la podredumbre de las alcantarillas "¿Por qué saldrán a la superficie para morir?" Un pensamiento pesimista inunda nuestras mentes: "Si las ratas están muriendo es porque algo no muy bueno debe estar cociéndose en las entrañas pétreas de la ciudad." El infierno. (Las páginas se despegan y se caen al suelo. Me arrodillo tan solo para recogerlas y ponerlas en orden).
 
Sigo leyendo, los médicos se temen lo peor. Cuando menos te lo esperas empiezas a ver cómo son almas humanas las que caen impotentes ante este nuevo mal. El primero en caer es el portero del edificio de Rieux, en otro orden de cosas, el guardián del espacio privado del protagonista. Luego de analizar los signos (como si fueran designios estelares) Castel y Rieux están de acuerdo en que se trata de la peste bubónica. Los apestados intentan arrancarse inútilmente los bubones entre fiebres y delirios. Luego de mucho sufrimiento, el apestado, agotado por el cansancio físico que consiste en la lucha contra el dolor, se desploma inerte. Así de contundentes son las cosas cuando arrecia una epidemia.
 
Las fronteras deben cerrarse. Los habitantes sospechosos, aislados. Todo bajo control. Cada elemento en su cajita. Cada cosa en su lugar. El orden es necesario para preservarnos del caos. Y aun así, con todas aquellas medidas concienzudamente tomadas, la enfermedad se enloquece en el encierro. Ya tiene su comida dispuesta y pierde los sesos en el proceso de devorarla.
 
No hay nada que hacer. La peste tiene que desarrollarse. Mientras tanto, Castel estudia y experimenta con un nuevo suero que tal vez pueda aplacar la ira desbordada de la nueva cepa. Rieux se dedica a curar a los enfermos. Al principio, demás está decir que no obtiene grandes éxitos pero es un engranaje más en la cadena de curación masiva. Yo estoy bien, pero me he vuelto paranoico. Los gatitos ya no se acercan a mi ventana, y aunque sigo echando papelitos de colores por la terraza, ya no aparecen. Esto me pone muy triste. La diversión es poca para un viejo como yo. Un día de estos saldré a la calle y me contagiaré a propósito y luego correré por la ciudad como un loco gritando: "¡Tengo la peste, SOY la Peste! ¡Tengan piedad de mí, ya no tengo gatos a quienes escupir, la peste lo ha devorado todo, todo, hasta el más sencillo de los placeres ordinarios!". La gente que a mi paso se encuentre se apartará, horrorizada. Me acercaré para abrazar a los niños y contagiarlos de Muerte precoz. Las madres huirán cobardemente abandonando a sus criaturas al azar absurdo de la suerte y los pequeños llorarán a gritos rodeados de complicidad y degeneración. En un momento, un grupo de policías uniformados abandonarán a toda carrera una furgoneta. Los "sentidos comunes" vestidos de hombres del orden  correrán hacia mí enfurecidos y me darán una paliza inolvidable, no sin antes asegurarse de que no me tocan directamente los bubones que ya empiezan a tornarse verdinegros. Y me dejarán tendido en el suelo antes de que exhale el último aliento. De mi boca surgirán caminos irregulares de sangre negra que empapará el polvo imprimiendo una figura inaccesible.
Así acabarán mis días, gracias a la peste.

El Sol, sin embargo, seguirá su camino de arco triunfal inaugurado, y la peste de Orán, como muchas otras, con un poco de esfuerzo y paciencia, desaparecerá. Es el sino de la raza humana, doblegarse a lo incontrolable hasta la destrucción para así aniquilarse como mi edición de Edhasa de 1977, arquetipo perfecto de la obra que se trasciende a sí misma, del contenido que impúdico, se desborda.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Dies irae, un modelo para armar

Bien, la vida me sonríe al fin. Me he podido hacer con algunas adquisiciones interesantes. Mi traficante de libros se ha transformado un poco, pero para bien. Se ha calzado una capa de coloridas sorpresas y se ha puesto un sombrero extraño que no alcanzo a definir. En los bolsillos guarda terrones de azúcar que le gusta regalar a las hormigas. Mi traficante (mi Providencia) que siempre piensa en mí y nunca me abandona, me lleva por caminos insospechados siempre y esta vez me ha conducido a un páramo florido que permanece virgen en un cruce de caminos (lo que es decir mucho). Allí me detendré a descansar, esperando que ningún pájaro hablador interrumpa mi descanso. Me entretendré con las flores que allí crecen, diversas todas como la capa de mi Providencia caprichosa, y me pondré a deshojar tréboles, contando, como si fuera la primera vez, los fríos corazones verdes.

***
 
Mientras así procedía, me encontré con esta flor, ¡oh, Providencia! Gracias por no olvidarte de mí, me despojas del andar, pero a cambio me das estas flores, estas flores para oler, oler y oler sin esperanzas, un intento de aprehender un aroma sutil pero intangible. La exégesis de sus pétalos me indujo a matarlas. Las miré destellar entre mis dedos de niebla, marchitos por última vez.
 
Mi Providencia, que me rasga y que me cura, no tiene piedad de mí, da palos de ciego y el mismo día que me dió, me quita, y el mismo día que me da la vida, me mata o me hace matar. Y es así como llegué a este páramo  oscuro, iluminado por esta luz proveniente de una estrella indiferente o tal vez sea una farola infame y fue aquí donde encontré a Andreiev.
 
No lo conocía, hasta que apareció. Alguien lo presentó de modo muy loable y me interesé por él: "uno de los más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir -dijo con voz sentenciosa- a la edad de cuarenta y siete años", anunció con un aire un tanto trágico. Leo surgió del umbral de la encrucijada como un fantasma,  se puso a hablar con una voz muy dulce, y suavemente me susurró al oído. A medida que iba desatando su voz, más me iba encantando, y sus palabras invocaron la sal de mis ojos. Parecía poseído por un demonio. Dijo:
 
"Lo he hecho en la esperanza de que no tardará otro temblor de tierra en derribar vuestra ciudad, no dejando en pie ningún muro, y entonces mi piedra caerá en la cabeza a mi carcelero y grabará en sus sesos, blandos como la cera, mi canción, como el sello del rey, como un nuevo y colérico mandamiento. Así, con mi canción grabada en los sesos descenderá mi carcelero a la tumba. ¡Eh, carcelero! no me importa que cierres las orejas: ¡pasaré por tu cráneo!"
 
Sus palabras me impactaron. Al principio no entendía qué le pasaba. Parecía que hablaba con alguien más y no conmigo, estaba frenético. ¿Qué te pasa, Leo? ¿es que tienes miedo a la Muerte? No te agobies, la muerte con su fúnebre crespón te aliviará, sé de lo que hablo. No temo por mí, Belle. Temo por mis hijos. Le dije que por sus hijos no temiera, que yo los cuidaría, que yo los alzaría muy alto, para que crecieran al amparo del dorado sol. Y eso me propongo hacer. Quiero alzar a sus hijos. Alzarlos muy alto para que puedan tocar el sol con sus dedos finos y amarillentos de traducción primeriza de 1932. Estas páginas que ahora me miran a mí, páginas que han soportado comentarios prosaicos en lápiz tembloroso y fascista. Los borraré. Los borraré con mis palabras idólatras. Porque amar es elevar y elevarse, y esto es lo que pretendo.
 
 
Me dijo que a sus camaradas los fusilaron unos soldados, "sólo te pido que no te persignes y que no mandes decir misas en su memoria, lo que sería peor todavía, pues no les gustaba eso a ellos (...) haz todo lo que se te antoje, menos mandar decir misas: no les gustaba eso a los pobres".
 
La libertad se le hacía increíble, demasiado hermosa para poder existir y no se atrevía a llamarla: "Es peligroso llamar a la libertad: mientras uno se calla, la vida es soportable; pero si uno se determina a llamar a la libertad, aunque sea con voz muy queda, hay que lograrla o morir".
 
¿Sabes, Belle? Después de estar tanto tiempo encerrado, me daba miedo alejarme de la cárcel. Tenía como un imán, que me atraía y me impedía volar lejos, el hombre es un animal de costumbres y la cárcel es un sitio cómodo llegado un punto; sin embargo, cuando al fin eres libre, sientes un aluvión de sensaciones poderosas. Pero entonces... ¿Entonces, qué, mi querido y nuevo amigo? pregunté. Y sus palabras resuenan en mi cabeza desde entonces, no puedo olvidarlas y son alimento para mi rencor. Dijo...
 
"Te costará más trabajo doblar una brizna de paja que a él doblar tres rieles de hierro formando haz. Te costará más trabajo levantar y llevarte a los labios una taza de agua que a él levantar un mar entero, sacudirlo, agitarlo, coronarlo de espuma y verterlo sobre la tierra. Muerde una montaña con más facilidad que tú un terrón de azúcar. Rompe tres cables metálicos trenzados en uno con más facilidad que tú un hilillo podrido. Te cubrirás de sudor y te pondrás como la grana si intentas deshacer un hormiguero con un palo, y él es capaz de destruir toda la ciudad de un solo golpe. Levanta en alto un buque, como si fuera una piedrecilla, y lo estrella contra la costa. ¿Has visto fuerza semejante?"
 
Se me cortó el aliento. La sangre me hervía, bullía en mis venas como si fuera un caldo enloquecido, imposible de templar. No dije nada. (¿Qué decir?) La impotencia me carcomía y me recorría el cuerpo la urticaria de la indignación. A partir de aquí mis facciones se endurecieron. (¿A quién quería agradar, pues? Allí no había nadie más que yo y el fantasma de Andreiev). Pero de pronto, sin siquiera volver a mirarme se le iluminó el rostro. Parecía que miraba a lo lejos, que observaba un paisaje amable que yo por más que me empeñara no podía ver:
 
"Si yo recogiese por el mundo entero todas las buenas palabras que usan los hombres, todas sus tiernas y sonoras canciones, y las lanzase al aire alegre; si yo recogiese todas las sonrisas de los niños, las risas de las mujeres no ofendidas aún por nadie, las caricias de las ancianas madres de cabellos blancos, los apretones de manos de los amigos y con todo ello hiciese una corona inmarcesible para una hermosa cabeza; si yo recorriese todo el haz de la tierra y recogiese cuantas flores hay en los bosques, en los campos, en las praderas, en los jardines de los ricos, en las profundidades de las aguas, en el fondo azul de los mares; si yo recogiese cuantas piedras preciosas brillan en las hendeduras de los montes, en la obscuridad de las minas profundas, en las coronas de los soberanos y en las orejas de las grandes damas, y con todas hiciese una montaña fulgurante; si yo recogiese todas las llamas que arden en el universo, todas las luces, todos los rayos, todos los brillos, todas las auroras, y con todo ello hiciese rutilar los mundos en un grandioso incendio, ni aun así podría glorificar tu nombre como se merece, ¡oh, libertad!"
 
Las lágrimas acariciaron mis mejillas suavemente. Gracias, Leónidas, por tus palabras. Puedo petrificar mis facciones, pero mi espíritu sensible está a merced de tu luz. Me has emocionado, has movido algo que guardo muy celosamente en lo profundo de mi estuche. No diré que es tu alma, Belle. Ya lo sé, son mis emociones, mi humanidad. Quiero decirte algo al respecto, algo importante que no debes olvidar, unas palabras de un amigo al que también fusilaron los enemigos de la libertad:
 
"Tampoco el fuego se puede encerrar (...) si quieres estar tranquilo, apágalo muy bien, pero no lo encierres. Encerrado en la piedra, en el hierro, en el vidrio, se escapará cuando en tu casa suceda una desgracia. Tu casa se habrá desmoronado y tu vida se habrá extinguido, y el fuego arderá solo, sin haber perdido nada de su ardor, nada de la fuerza de sus llamas".
 
Me dijo que amaba la noche ¡igual que yo!, pensé. La noche nos consuela con sus sombras. La luz del día hiere, los dorados y punzantes rayos de sol ciegan. En la noche todo es amable. Las penumbras son como algodones que danzan tranquilamente en las paredes, como nubes de otro mundo. Y el silencio nos arrulla con su sencillez, nos hace únicos e irrepetibles, nos hace dueños absolutos del instante. Por si esto fuera poco la luna nos acompaña, nos vigila con tierno semblante y podemos hablarle como si fuese un Dios visible, como si fuese una madre amorosa. "La noche entra hasta el corazón", dijo. Es verdad, la noche nos comprende, es un confesor taciturno y distante que sin embargo nos abraza con su luz tenue como hecha de tules.
 
"Basta tocar el árbol para que caiga al punto una naranja en sazón y la siga otra y luego otra. Una buena naranja es como un pequeño sol. Y cuando hay muchas naranjas, le da a uno ganas de sonreír, como si un hermoso sol luciese. Las hojas son obscuras como la noche tras el sol, o más bien de un verde profundo. Pero no; son sencillamente verdes. No hay que decir mentiras".
 
Las palabras son mentiras todas ellas. Las palabras son una mera representación de las cosas, pero no son las cosas y una palabra no puede contener más que una pequeña porción de esencia verdadera, por eso pienso que hablar es mentir. Las verdades fundamentales no deben decirse para no trivializarlas, para no corromperlas con la mácula de las representaciones fónicas inacabadas, que es lo que son, al fin y al cabo, las palabras. Son cárceles abominables. Sueño con un idioma cuyos sonidos representen a la perfección aquello que evocan. Ese lenguaje existe, me dijo. Ese lenguaje es la música.
 
"¡Pero no creo en tu cárcel, oh, hombre; oh, amo! ¡No creo en tu hierro, ni en tu piedra, ni en tu fuerza, oh hombre; oh, amo! Lo que yo he visto derribado no volverá a alzarse jamás."
 
Yo tampoco creo en las cárceles. Y de hecho, creo que tú no deberías estar leyendo esto.