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miércoles, 15 de junio de 2016

El asesinato como transformación estética

 
 
Tal y como su título nos hacía pensar "Del asesinato considerado como una de las bellas artes" se trata de un texto concebido en el ámbito de la provocación (aunque luego veremos el interés que puede suscitar el análisis del crimen como una performance artística). Obviamente su propósito es desembarazarnos las bocas de bostezos y hacerle cosquillas, al menos, con un toque de indignación, digo yo.
 
Para justificarse, De Quincey se apoya en el texto no menos extravagante de Swift en el que afirma que el exceso de niños irlandeses tiene solución: comérselos. Lo cual como chiste no está mal del todo y puede que hasta consiga esbozar en nuestras caras de piedra acostumbradas siempre a lo mismo, una leve sonrisa o tal vez un gesto de incredulidad enarcando las cejas.

Este texto que nos ocupa hoy está compuesto de dos artículos publicados en Blackwood Magazine y más tarde recogidos en sus obras completas. Es entonces cuando nos introducimos en el placer estético del asesinato. Y cabe preguntarse ¿qué tiene de placentero el asesinato y qué de artístico? Se trata, (está comprobado) de una especie de golosina en el paladar del sádico. El carácter reprobable del asesinato está fuera de toda consideración. No es la moralidad o inmoralidad del asunto de lo que trata este ensayo sino más bien de su composición estética: el móvil del crimen poco importa, es una característica trivial. Un asesinato nunca debe ser anecdótico, sino todo lo contrario: un depliegue de belleza que raya la tragedia, un despliegue de crueldad innecesaria. Estas características le conferirían un lugar en medio de las bellas artes, es decir, la muerte como transformación poética e irrevocable, irrepetible de la realidad (nada más rotundo que la muerte, nada más perturbador que el asesinato).

La muerte se convierte pues, en un acto simbólico. No necesariamente representa el hecho en sí mismo sino que deja traslucir otros símbolos ocultos: la osadía del individuo y su supremacía sobre la comunidad (al menos en principio). Otro principio subyacente que podemos dilucidar es la destrucción de lo existente como base unívoca de rebeldía, rebeldía sana, por otra parte, que busca novedades, requisito indispensable para que el motor de la existencia siga en pie (válgame la contradicción escandalosa para mi deleite) y no estalle en mil pedazos la maquinaria ante la imposibilidad pragmática de albergar todos los opuestos. Sí, señoras mías: de todo tiene que haber y cuanto más veamos, mejor aún. No debemos ruborizarnos ante las injusticias, más bien deberíamos colaborar en algo con ellas a dejarnos engatusar por el circuito en todo falso del sistema moral.
 
Desgraciadamente, no se me dio por nacimiento la tendencia a colaborar con estas causas benéficas para la salud mundial. Es por esto que me depravo y corrompo en mis textos: es mi modo de alimentar el equilibrio necesario en el espíritu humano que me tocó portar esta vez.

Dice De Quincey:
 
"Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no se sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento."
 
Parece un chiste de mal gusto pero no lo es: está claro que hay entidades que trabajan a expensas del mal, que es esa su motivación, no solo primordial sino primigenia, pero también es cierto que dentro del orden de fuerzas hay delincuentes peores que otros. Unos asesinos como los que describe de Quincey en sus artículos sobre el asesinato son, en última instancia, personas que juegan el mismo juego que el resto, pero los hay de peor calaña que hacen trampa. Esta gentuza consigue los honores más altos a fuerza de engañar, robar y dominar a otros. Se creen que al amparo de la sombra y bajo engañosas apariencias se verán libres de las responsabilidades y el rechazo social pero esto es falso. Porque trampas podemos hacer todos, incluso los de almas nobles, solo para descubrir a quien opera desde la sombra por medios deshonestos.
 
Con un poco de la lumbre del espíritu somo capaces de desenmascarar a estos atorrantes: muchos de ellos admiten sus faltas con orgullo, como si el hecho de hacer trampa los colocase en un lugar privilegiado con respecto a sus congéneres. La realidad es que este grupo de artesanos del fraude se ha manchado el alma para siempre con sus prácticas inescrupulosas y faltas de humanidad y claro que pasan factura. Al principio sus deseos parecen colmados, más luego solo queda el amargo desengaño.
 
Ahora, en contraposición con aquellos gandules sin honor verdadero (aunque hagan ostentación de uno mundano, de cartón) creo que estamos en condiciones de mirar con otros ojos a los asesinos comunes, perversos en su acto aunque humanos, más humanos que los manipuladores hipócritas que denostábamos antes.
 
Como dijimos antes el libro se divide en dos artículos diferenciados: el primero de ellos hace un repaso por intentos de asesinatos a filósofos no sin antes mencionar al primer asesino del que tenemos conocimiento, Caín. Los filósofos de los que nos habla son todos ellos eminentes pero claro, la verdad es que la mayoría de ellos no fueron asesinados, aunque según De Quincey "estuvieron muy cerca de ello".  Descartes, fue el primer candidato a víctima de esta escueta lista. Al parecer sin saberlo, se había embarcado en uno de sus múltiples viajes en una barca conducida por profesionales del deceso ajeno. Sin embargo, entendiendo el alemán a la perfección se dio cuenta de ello y les hizo frente con un descenlace afortunado para él:
 
"Sin duda para los viles rufianes hubiese sido un honor muy superior a sus méritos el quedar ensartados como pajaritos en una espada cartesiana, y me alegro de que M. Descartes no cumpliera su amenaza, robándole así sus presas a la horca, sobre todo cuando pienso que, tras asesinar a la tripulación, no hubiera conseguido regresar a puerto."
 
Y si creíamos que nos empezábamos a aburrir de una enumeración de filósofos casi muertos (como si con sus tratados interminables no fuese suficiente) De Quincey nos saca de nuestro adormecimiento con esta frase "Les complacerá saber que Malebranche murió asesinado": los ojos como platos, un gesto de incredulidad en el rostro y una carcajada a modo de aplauso ante el ingenio atrevido del autor. Pero eso no es todo, más tarde añade: "las irritaciones culinarias y metafísicas se unieron para atacarle el hígado: cayó en cama y murió poco después". Afirmación que conmueve hasta la risa, entiéndanme.
 
El caso de Leibniz requiere que nos detengamos un poco. No iba a ser asesinado ni aunque rogase el favor. Al final estaba deseando que lo matasen: 
 
"Como Leibniz era en todo superior a Malebranche, cabría suponer a fortiori que fue asesinado y sin embargo no es así. Creo que este descuido lo indignó y que se sintió insultado por la seguridad con que transcurrían sus días. De otra manera no me explico que, al final de su vida, decidiera volverse muy avaro y acumulara grandes cantidades de oro, que guardaba en su propia casa (...) su ambición de ser por lo menos víctima de un atentado era tan grande que no evitaba el peligro. (...) Leibniz no fue asesinado pero cabe decir que murió en parte de miedo a que lo asesinaran y en parte de despecho porque no lo asesinaban."  Divertido ¿verdad?
 
Kant también estuvo a punto de morir asesinado en una emboscada, pero el autor no tiene ni una pizca de respeto por él, lo cual denota una gran inteligencia, pues burlarse de lo que deberíamos respetar es una transgresión admirable, al menos literariamente hablando:
 
"Mi opinión es que el asesino era un aficionado que comprendió lo poco que ganaría la causa del buen gusto con el asesinato de un metafísico viejo, árido y adusto que no le daría ninguna oportunidad de lucimiento, puesto que no era posible que una vez muerto se pareciese más a una momia de lo que ya se parecía en vida." 
 
Y no, no le alcanzan sus desverguenzas declamatorias, mirad si no, cómo trata al pobre de Godfrey:
 
"La mejor obra de los siglos diecisiete y dieciocho es, sin discusión alguna, el asesinato de Sir Edmundbury Godfrey, que apruebo por entero."
 
En la segunda parte del libro, sobre la que no me voy a extender por considerarla tal vez, menos interesante, nos relata tres asesinatos de la época, de los cuales, el más aterrador es el de la familia de Marr. La narración es admirable, la pluma limpia y los trazos claros, os invito a leerla porque no tiene pérdida y nos introduce someramente en los hechos trágicos así como en la personalidad del criminal, Williams, quien más que movido por el ánimo de lucro, decidió matar a una familia entera (luego habría más víctimas) en aras del buen gusto y del equilibrio cósmico. Así, los escrúpulos se dejan a un lado y el sacrificio de sí mismo cobra protagonismo, pues ¿qué es un asesinato sino un sacrificio? Estar más allá del bien y del mal (o al menos creerlo así) no es nada desdeñable. Es un proceso mental muy difícil de alcanzar dados los condicionamientos sociales y morales a los que vivimos atados día a día. En cualquier caso no me parece nada práctico, debo admitir, mancharse de sangre cuando hay pequeñas maldades cotidianas que pueden restablecer el equilibrio perdido.
 
Yo no soy un Jesucristo ni tampoco un Satanás. Cada uno a su manera se sacrificó para aportar alguna  cosa al devenir de la Humanidad. Me conformo con transcribir símbolos que podrían significar una cosa y su contraria. Tal vez se trata de una actitud cobarde pero segura, pero también es necesario que ésta exista. Colaboro pues, haciendo de cronista imprevisible, desvergonzada inventora de mundos, pues coopera más quien produce, aunque no produzca nada bueno, a quien se queda de brazos cruzados pasivamente esperando siempre del otro.
 

miércoles, 27 de abril de 2016

Ante la Duda, mejor hágase el Mal

Estoy convencida de que es el transcurso de la vida, quien con su sabiduría inmisericorde (sí, inmisericorde para muchos de nosotros) nos lleva por los caminos que debemos ir. Hay una especie de fatalidad inevitable en dejarse llevar por la corriente frenética de "lo que deba ser". Desde luego es apasionante sumergirse en el éxtasis del abandono. Y más si confirmamos que el Creador es sabio y de él sólo puede provenir lo conveniente. Sí: basta un poco de inteligencia para comprobar esta hipótesis, las capacidades humanas más superficiales radican en la adaptación, la autocompasión y la fe.
 
En uno de esos caminos azarosos por los que transito tan a menudo, confinada a la resignación como un zombi, uno de esos senderos rurales arropados de campos de extraños verdes y de cielos tan azules como un mar intangible, me encontré con este nuevo amigo: un filósofo amargado e inestable que pese a su carácter atormentado era capaz de hacerme reír a mí, que me río por compromiso la mitad de las veces. Me reí auténticamente, a carcajadas, con total franqueza en la soledad que entraña mi propia compañía. Así fue como lo conocí, de la mano de un amigo entrañable que me proporcionó un ejemplar del libro del que comentaré algunas cosas. Se trata de La caída en el tiempo de E. M. Cioran. Este libro reúne nueve ensayos del célebre filósofo rumano, ensayos que se enmarcan sobre todo en concepciones binarias, como la civilización o la barbarie, la salud o la enfermedad (y sus implicancias), la credulidad y el escepticismo, la cólera o la tranquilidad...
 
En "El árbol de la vida", Cioran bosqueja las causas de la pérdida del paraíso y qué significa "haber pecado". Cuando Dios le advierte que no coma del árbol del bien y del mal ¿qué le estaba diciendo? Hay una verdad más allá de las palabras, una verdad que se oculta entre las sombras que proyectan las letras y el bullicio de los sonidos de la palabra en voz alta. Ya sabemos lo que hizo Adán. En la Biblia se dice que "desobedeció", pero yo me pregunto ¿cómo puede desobedecer una criatura que no se diferencia en nada del resto de los animales? Con una conciencia mermada no es posible desobedecer. Esto desde luego no lo dice Emil, pero la lectura de este ensayo nos suscitará múltiples reflexiones. Dice también que el hombre aspiraba a la inmortalidad y por eso comió del fruto prohibido. El árbol del bien y del mal es el del discernimiento. Puesto que nuestro antepasado no tenía discenimiento alguno, al expulsarlo del paraíso, Dios cometió una injusticia. ¿Blasfema, yo? No puede ser blasfemo quien carece de credo. Tampoco lo es el autor del que estamos hablando al decir que "Dios cometió una imprudencia". En cualquier caso hablar de Dios sea probablemente un recurso reservado a aquellos resentidos por un silencio demasiado largo. Está claro que traicionamos la voluntad del demiurgo que requería que permaneciesemos en la ignorancia. ¿Por qué, si ignorantes éramos felices? Éramos felices porque en nuestra consciencia animal no teníamos deseos que satisfacer y en el momento en que fuimos capaces de diferenciar el bien y el mal los deseos insatisfechos nos nacieron desde la profundidad de las entrañas y nos rasgaron por dentro hasta salir convertidos en negra amargura.
 
Pero no nos quedamos ahí...como especie no claudicamos ante el castigo del todopoderoso, no. Fuimos más allá y dimos con una cosa que se llama civilización cuya principal característica es trocar todo lo puro e ingenuo en vileza y miseria. En "Retrato del civilizado", Cioran analiza la posición de las sociedades más avanzadas en relación con las que lo son  menos. ¿Es verdad que somos afortunados gracias a la ciencia y a la técnica? ¿No será más bien al revés? Tal vez los artificios nos convierten en esclavos: los corsés nos aprisionan, los zapatos nos incomodan, la buena educación nos constriñe...a simple vista pareciera que la civilización comporta más beneficios que desventajas, pero tal vez estamos dando por sentadas demasiadas cosas y no somos capaces de pensar de otra manera, de una forma"nueva". Dice Cioran: "El interés que el civilizado siente por los llamados pueblos atrasados es de lo más sospechoso. Incapaz de soportarse más, se esfuerza por descargar sobre ellos el exceso de males que lo abruman, los incita a probar sus miserias, los conjura a afrontar un destino que ya no puede arrostrar solo."
 
Nada más parecido a la educación de los niños: envidiosos de su estado puro de felicidad queremos convertirlos en lo que somos nosotros, porque no somos capaces de soportar que puedan ser felices en bruto, es decir, de una forma distinta a la nuestra. Lo mismo hacemos con todo lo natural, lo que está en estado salvaje: proyectamos nuestras frustraciones en lo exterior, doblegando afuera lo que somos incapaces de dominar dentro.
 
En "El escéptico y el bárbaro" ensalza la duda como única forma de no traicionar a la verdad, inalcanzable siempre. La duda sin embargo, a pesar de ser una elección del todo loable, nos lleva irremisiblemente al naufragio: perdidas las seguridades, sólo podemos vagabundear, dejarnos llevar por el mar iracundo o incluso dejarnos perecer, puesto que no hay ningún sitio seguro, ninguna certeza a la que aferrarse. Las certezas tienen una función práctica muy clara: permitirnos vivir y permitirnos construir. Es la base sobre la que puede elevarse cualquier constructo mental y material. Sin certezas, nada sería posible, viviríamos en un estado de desesperación perpetuo, desorientados y presas fáciles de la desolación. Sin embargo, ese conocimiento es superficial, puesto que lo esencial no puede conocerse por las palabras: "Ese animal charlatán, alborotador, atronador, que se encuentra exultante en el estrépito (el ruido es la consecuencia directa del pecado original), debería quedar reducido al mutismo, pues, si vuelve a pactar con las palabras, nunca se aproximará a las fuentes invioladas de la vida" y "...las opiniones son, como dijo un sabio, "tumores" que destruyen la integridad de nuestra naturaleza y la propia naturaleza. Si pudiéramos abstenernos de emitirlas, entraríamos en la verdadera inocencia y, quemando las etapas hacia atrás, mediante una regresión saludable, renaceríamos bajo el árbol de la vida".
 
Todo esto está muy bien, pero fue quien nos creó quién también nos tendió la trampa. Nos indujo a aquello que sabía que haríamos, puesto que sabía que éramos envidiosos, aunque fuésemos inconscientes de ello, y también fue él, el primero en nombrar las cosas por su nombre intrínseco. "No hay juicio, por negativo que sea, que no eche raíces en lo inmediato o no suponga un deseo de ceguera...".
 
Menos mal que al final nos exhorta del modo siguiente (uf, ¡qué alivio!): "Con ficciones no hay medio de instituir una moral y menos aún normas de conducta en lo inmediato; eso explica el deber que tenemos -para eludir el desasosiego- de devolver sus derechos al bien y al mal, salvarlos y salvarnos....a costa de nuestra clarividencia". Eso es, amigos, "la duda es incompatible con la vida". Pensemos en ello con frecuencia.
 
En "Es escéptico el demonio" retoma la idea del ensayo anterior. Hacer el mal (es decir, volver concreto el Mal) es colaborar con la existencia, por lo que el Diablo, no puede sino ser escéptico. "El drama de quien duda es mayor que el de quien niega, porque vivir sin un fin es mucho más difícil que vivir para una causa mala". Y es que, qué puede ser un filósofo sino alguien que duda, esto es diabólico. Los filósofos buscan la verdad pero no a expensas de cualquier cosa. Sin embargo "la persecución de la duda es debilitadora y malsana; no responde a vitalidad alguna, a interés alguno. Si nos lanzamos a ella, es porque con mucha probabilidad una fuerza destructiva nos mueve a hacerlo."
 
Otro de los puntos de interés en sus textos es la literatura, y este libro que nos ocupa no será la excepción. El autor se sirve de Tolstoi para reflexionar acerca de la enfermedad, "la vida verdadera comienza y termina con la agonía (...) lo que nos salva es nuestra pérdida (...)". Para Cioran, "se subestiman las ventajas de la saciedad, la cual permite descubrimientos vedados a la indigencia". Shopenhauer consideraba que la felicidad solo puede darse por el ser y no por motivos extrínsecos. En este punto se ponen de acuerdo Schopi y Cioran en una cosa: la saciedad no es necesariamente condición para la felicidad, es más, puede ser, por el contrario, contraproducente. Emil va más allá: la felicidad que nos da la saciedad nos priva de otras cosas, tales como la creatividad:
 
"Como la liberación está en los antípodas de la inspiración, para un escritor consagrarse a ella equivale a una dimisión o incluso a un suicidio. Si quiere producir, ha de seguir sus buenas y malas inclinaciónes, las malas sobre todo; si se emancipa de ellas, se aleja de sí mismo: sus miserias son oportunidades."
 
También la cólera es un bastión en el que podemos resguardarnos de la locura. Abre una brecha por donde escapan las toxinas que de otro modo acabarían con nosotros: "una crisis de demencia nos preserva de la demencia".
 
 
Tal vez debamos pasar por encima muchas de las interesantísimas afirmaciones de este libro porque no nos es dado el revelarlas todas, no conviene pues, que nos detengamos más tiempo en ellas, sería mejor que nos hiciéramos con el libro de alguna manera ilegal, a ser posible, para disfrutar de sus beneficios de forma más trascendente y lo más pronto posible, puesto que: "¿acaso no equivale querer mejorarse a gustar de la tortura y del infortunio?"
 
Vamos a colaborar con la existencia, pues, de un modo diferente.

jueves, 7 de abril de 2016

Gregorio y nosotras


Bien, hagamos memoria. Uno, dos, tres y al pasado. Un paso pequeñito para el hombre, para la humanidad, un salto. Miremos el pasado con ojos amables. O intentémoslo. Observemos sin esperar nada a través de la rendija oblicua de la mente. ¿Qué veo? Veo un viaje a Granada impulsado por deseos de evasión y también por nuevos intereses. La Alhambra, qué gran lugar. Sí, eso dicen. Una guía de viajes, un libro de historia y otro de poemas de Juan Ramón sobre Granada. Mezclado en esta bibliografía azarosa, Ensayos de Gregorio Martínez Sierra. A partir de la mitad del libro Las cartas a las mujeres de España. Comienzo la lectura. Algunas opiniones llaman mi atención, encienden mi rechazo. Me detengo: examino las emociones que suscita la lectura de un ensayo feminista de principios del siglo XX escrito por un hombre que más tarde comprobaríamos muy poco feminista y bastante aprovechado. Me irrita esta lectura, me hace sentir francamente mal. No quiero seguir leyendo pero ¿cómo puedo criticar algo si no lo sigo hasta el final? "Sé valiente. Sé valiente aunque se te salgan las tripas del asco, aunque las consecuencias de tu empuje te lleven a sitios que no te gustarían: sé valiente. Porque si no eres valiente, morirás". 

 
Bien, soy valiente. Sigo leyendo. Las páginas suscitan pensamientos iracundos. Las lecturas añadidas hacen brotar el germen oculto del odio. Tengo que ser comprensiva. El feminismo estaba en ciernes hace cien años, las mujeres ni siquiera podían votar, eran propiedad de sus maridos. Gregorio estaba siendo bastante "progre" para su época. Aún así, ¡qué disparatadas me parecen sus reflexiones! Me enfado aunque no tiro el libro contra el suelo en uno de mis descontrolados arranques de ira. No. Me controlo. Es una virtud que he logrado atesorar a base de darme latigazos. No soy libre o tal vez sí, pero leo. Sigo leyendo. Cuando tengo ratos de soledad aprovecho para escribir también. Ratos como éste, en los que dejo fluir las palabras en que se trocó mi espíritu. Eso es: mi espíritu, palabras. Mis verdades se quedaron sin agua y se marchitaron como flores arrancadas de la tierra. Así que, después de tanto renegar de las palabras, de tanto negar su importancia, me he quedado vacía de actos, pero llena de palabras. La vida es un chiste que no le hace gracia a nadie. Volquemos pues, sin más dilación, esas palabras, que me sobran ¡oh, sí, me sobran!
 
Creo correcto advertir a la lectora o lector de este artículo que Gregorio Martínez Sierra fue un gran escritor. El problema radica en que gran parte de sus textos se los escribió su mujer María Lejárraga y los firmó él. Efectivamente, este señor es "el pieza" que habla de feminismo a las mujeres de España aconsejándonos una sarta de idioteces que ni él mismo sería capaz de cumplir. Exhortándonos a comportamientos con los que él mismo es poco consecuente. Entonces ¿qué nos queda, pues? Para no contaminarnos demasiado con la anécdota de su vida vamos a centrarnos, a pesar de lo escandaloso del asunto en otros menesteres, en la visión del feminismo en España a principios del siglo pasado a través de su libro Cartas a las mujeres de España.
 
A modo estructural diremos que la obra es un compendio de veinticinco "cartas" de corta extensión dirigidas a mujeres y trata todo tipo de temas: los clubs de mujeres, la mujer y el trabajo, la felicidad de la mujer, el ejercicio de la caridad en las mujeres y la maternidad, entre otros.
 
Empezamos mal: en el primer capítulo titulado "Dolorosa victoria" comenzamos con el pie izquierdo (si es que consideramos malo al izquierdo y no al derecho):
"Sí, señoras; antes de la guerra, los derechos de ustedes eran problema mundial y unas cuantas mujeres exaltadas se han querido dejar morir, sencillamente, de hambre para encontrarle la solución. Otro día, cuando acabe la guerra, hablaremos del heroísmo extraño de esas bravas hembras que, por defender la justicia de su causa, lo arrostran todo..., hasta el ridículo."
(Me pregunto qué pensaría de las manifestaciones feministas más radicales de la actualidad, ¿le parecerían ridículas también?).
 
Para Gregorio, la igualdad nos va a costar cara. Quizá sería mejor quedarnos en casa, atemorizadas por el futuro hostil y desconocido, guarecida bajo el ala protectora de nuestro padre o nuestro marido. Desde luego que sería muy cómodo, pero ¿cuánto cuesta esa comodidad?:
"Sí, de las mujeres es el porvenir. Ellas lo engendrarán y lo darán a luz, con dolor, como siempre. De sus entrañas saldrá la Europa nueva, amasada en su sangre. Y el fruto de su vida ¿cómo les va a negar el derecho tan suyo? ¡Oh feministas! Habréis ganado la batalla por la exaltación del deber silenciosamente heroico, suprema prerrogativa femenina. ¡Cara, como siempre, os habrá costado la igualdad conseguida!"
 
El segundo capítulo tiene tela. En él se refiere a los "Clubs de mujeres" que al parecer estaban muy en boga en Estados Unidos a principios del XX. Gregorio alaba este feminismo puesto que es "claro, burgués, práctico y transparente. Podría decirse que es el feminismo de las amas de casa." Vamos, que es el feminismo que no interfiere en las tareas domésticas que se nos achacaban entonces (y aún hoy). Dice:
"Y por ahí empezó: por la reunión de unas cuantas amas de casa, que después de cumplidos sus deberes; criados y educados sus hijos; reglamentada en perfecta ordenación la rutina del arreglo doméstico; cumplidos ya, o a punto de cumplirse, los cuarenta años; curadas del amor, se encontraron, no ya tan bonitas, pero sí tan fuertes y sanas como a los veinte, con el entendimiento más abierto y el corazón más generoso, y no quisieron resignarse a retirarse a un rincón de la vida como trastos inútiles..."
¿Qué entiendo por esto? Entiendo cosas que no me agradan: primero que a principios del siglo pasado se podía ser feminista siempre y cuando se cumpliera con las tareas propias de la mujer en esa época. Es decir, ser feminista en el tiempo libre (más bien escaso) y nunca desatendiendo al marido o a los hijos, es decir, las obligaciones de toda mujer; segundo: que para ser persona hay que pedirle permiso a la biología, porque todas esas ideas del feminismo están bien para las cuarentonas que ya no tienen hijos que cuidar o cuyo marido está tan harta de ellas que prefiere tenerlas ocupadas lejos de la casa. Esta es la sensación que me da y no me gusta. Tal vez sea como mi compañero dice "problema mío" y sea yo quien deba resolverlo, pero yo creo que se equivoca. No es mi problema, esto es lo que ha dicho Gregorio y no sólo él, sino muchos como él a través de la historia, basando su opinión en su prepotencia masculina. Cuanto antes lo admitamos y veamos el error, antes se resolverá sin conflictos para las partes involucradas. Hay que ser valientes, chicos.
 
Otra de las cuestiones la creo superada, por lo menos en parte, era esa supremacía idiota que tenían los hijos varones como un privilegio. Las madres eran entonces criadas y los hijos varones, reflejos en miniatura del padre, la autoridad suprema de la casa. Veamos un ejemplo:
"-Porque quiero saber lo que saben mis hijos, para conservar su confianza.
-Porque no quiero que mis hijos, que saben tanto, se averguencen de mí, que sé tan poco".
No, no me estoy equivocando, ni soy una mal pensada. Está hablando exclusivamente de los hijos varones, el mayor orgullo para una mujer, más que sus hijas, que son consideradas una carga. He aquí otro ejemplo: "...porque de mujeres inútiles no pueden nacer hombres útiles". Ahí lo dejo.
 
Otro de los puntos fuertes del capítulo dos (piensen por un momento que son veinticinco capítulos y recién estamos comentando el segundo, y no sin pasar por alto un montón de alusiones no tan sustanciales) es la consideración que tiene el marido. Al parecer existía la idea (aunque creo que esta idea persiste aún hoy) de que la feminista era una especie de mujer resentida que no había logrado encontrar marido:
"Luego casi todas las feministas de América han logrado alcanzar esa joya inapreciable que se llama marido. Luego no han buscado refugio en el feminismo por despecho..."
 
No me voy a entretener y voy a pasar al siguiente punto. Por suerte la visión del mundo laboral como se tenía entonces se cuestiona hoy bastante. Dice Gregorio que "¡Crear, producir! He ahí toda la razón de la vida." Evidentemente esta afirmación me escandaliza. Hay mucha gente que se piensa que porque uno quiere dedicarse a la vida contemplativa es un vago o no le gusta hacer nada. Todavía hay personas para las que todo es blanco o negro. Es obvio que en determinadas circunstancias las etiquetas ayudan, son necesarias, pero casi siempre hay que ser equilibrado, hasta para usarlas. No puede uno vivir en los moldes indiscriminadamente, ni volando todo el día. Al respecto hace alusión al Evangelio de San Mateo en donde se narra la maldición que echó Jesús a una higuera que no producía fruto. Y yo me pregunto ¿cuándo trabajó Jesús? Es decir, la figura pública de Jesucristo se formó básicamente a raíz del vagabundeo, de la vida contemplativa, meditativa. Jesucristo no tenía un taller de artesanías, ni se ganaba la vida sembrando la tierra. Jesús se fue de su casa. Dejó su estabilidad y la trocó por los sinsabores de la vida nómada. Entonces, ¿a qué viene esa idea de que hay que producir irremediablemente para ser digno? Me pregunto a quién se le habrá ocurrido esa afirmación y cómo habrá hecho ese alguien para tatuarnos en la mente esta idea consiguiendo que se extendiera y se aceptara como un dogma incuestionable, por lo menos hasta la actualidad.
 
Otra idea curiosa por lo menos, con respecto al trabajo femenino es que la mujer ahora que tiene "máquinas" que la asisten en las labores del hogar ya no tiene siquiera trabajo en la casa. ¡Cómo se nota quién cuidaba del hogar en el siglo XX! Evidentemente el autor de este ensayo no era mujer, porque no tenía ni idea de los trabajos que se hacían entonces e incluso hoy en día para mantener una casa en condiciones. Dice: "en media hora está perfectamente limpia la casa con un aparato de succión por el vacío". Yaaaaa, claaaaro. Este Gregorio es un cómico innato, je.
 
La maternidad, esa cosa tan ¡ay! femenina:
"El fruto que ustedes, mujeres de mañana, han de dar al mundo, ha de ser sus hijos. Piensen ustedes en esto valerosamente, sin falso rubor..." Vaya, pues qué triste destino el de las mujeres entonces. Destino análogo al de la abeja reina...poner huevos durante toda su vida para abastecer a la colmena de obreras. Dice también: "Piensen ustedes en la gloria de dar al mundo un hombre, y tiemblen ante la tremenda responsabilidad de tener en los brazos un hijo y no saber hacer un hombre de él". Esto es: el valor de la mujer está en procrear y educar verdaderos hombres (no dice nada de las mujeres feministas a las que les dirige su vana palabrería).
 
Entonces era exclusivamente connatural a la mujer criar a los hijos y además si nos salían rana desde luego ¡era culpa nuestra!: "No nos abandonéis, madres de nuestros hijos, que nosotros sabemos ganarles el pan; pero si vosotras no los hacéis buenos, serán nuestros verdugos y los vuestros".
 
La mujer por aquellos años era en muchos casos caracterizada como un ser insubstancial pero yo me pregunto ¿era posible hacer otra cosa, si lo que se esperaba de esas mujeres era que fueran un adorno, mera decoración hogareña? Sin embargo afirma (y no se corta un pelo, ¿eh?) que las mujeres han de ser bonitas, es su obligación: "La tierra es muy bonita en primavera; ustedes, como ella, tienen la obligación de ser lo más bonitas posible". ¿Por qué debemos ser bonitas? y sobre todo ¿qué es ser bonitas? Luego añade:
"Para ser realmente bonitas, nada de afeites. Afeites son los polvos, las pinturas, el horrible rojo, color de la remolacha, que algunas de ustedes se ponen en los labios. Afeites son los cabellos postizos. Afeites son los perfumes intensos. Muchas niñas de ahora tienen, al parecer, la extraña pretensión de no parecer mujeres honradas; tales van por las calles, que los hombres con un poco de juicio las tienen compasión".
 
A pesar de todo, me siento en la obligación de ser ecuánime.  Diré que Gregorio hace referencia al trabajo infantil. Entonces debemos pensar en que todo lo que afirma a lo largo y ancho de sus ensayos está dicho en una época y sociedad en donde el trabajo infantil existía. Quizás después de aclarar esto, nos parezcan un poco más inocentes sus palabras y no nos las tomemos tan a la tremenda, ¿verdad?
 
No voy a seguir porque hay mucha tela que cortar, yo estoy cansada y no tengo a nadie a quien quiera complacer, no tengo que ser rigurosa si no quiero. Hay muchas más frases y pensamientos inauditos para descubrir en este libro con el que abnegadamente me di cita. Voy a acabar este texto con un último mito, uno de los más odiosos y creo que es el que más lastra nuestras vidas en la actualidad, el de la mujer sacrificada:
"Podéis ser amantes, podéis ser admirables, podéis ser santas, podéis sacrificaros por nosotros, dar la vida y el alma por nosotros; si todo ello no lo hacéis sonriendo francamente, no os agradeceremos vuestro sacrificio; es más: lo soportamos como pesada carga, renegaremos de él."
 
Tras leer este libro, veo claramente que no se puede satisfacer a todo el mundo, ni ahora ni nunca. Las mujeres debemos ser como somos o como elegimos ser; en síntesis: como nos dé la gana. Lo demás no importa nada.

 

martes, 17 de marzo de 2015

Inteligencia, pueblo y revolución

El género de ensayo (ya sea, ensayo actual o de tiempos pretéritos) no siempre es acogido con la atención que se merece. Esta entrada no será la excepción, me temo. Esto es así, no deliberadamente, sino por cuestiones que escapan a mi voluntad: un artículo pormenorizado y escrito concienzudamente es muy difícil de llevar a cabo por una mano no experta en el tema como es el caso. Sin embargo, haremos todo lo posible por alcanzar las expectativas menos exigentes, porque las más exigentes (y eso lo digo desde ya, para que nadie pierda su tiempo) no serán colmadas.
 
El librito en cuestión es un intenso volumen compuesto por once ensayos sobre literatura y política Un pedante sobre un poeta y otros textos del escritor ruso Alexandr Blok. Como dije antes, no voy a tratar los ensayos individualmente, pero me voy a centrar en los dos ensayos que me resultaron más significativos: Pueblo e inteligencia e Inteligencia y revolución. Para los interesados en los artículos sobre literatura rusa, diré que Blok se refiere en ellos a Lermontov, Gorky, Mereshkovsky, Solovyov y Pushkin.
 
Pueblo e inteligencia
 
Aquí, Blok introduce la cuestión de pueblo e inteligencia contraponiendo su opinión con respecto de la que Baranov diera en su ponencia "Sobre demoteísmo". La relación entre pueblo e inteligencia es de gran relevancia en la época  prerrevolucionaria en la que se publicó el artículo (1908) y aún hoy sigue teniendo interés (y es por lo que decidimos resucitar el artículo). Para hablar de pueblo e inteligencia, no hay mejor punto de partida que Gorky. Gorky era un escritor verdaderamente proletario, un escritor del pueblo y por esto -dice Blok- despierta tanta simpatía entre los rusos, porque él conocía verdaderamente al pueblo, porque él era "pueblo". Entre los dos campos existe la "tierra de nadie" y ¡Ay de aquel que ose situarse como mediador entre ambas mayorías! Será despreciado por unos y abucheado por otros. Los intelectuales, nos dice Blok, no han sabido comprender a los que proceden del pueblo:
 
"Las personas que proceden del pueblo y están acuñadas por el espíritu de éste, sólo nos son hostiles a nosotros, los intelectuales, porque no somos capaces de comprender su forma de ser."

Es indudable que se refiere a Máximo Gorky y a su "sangre sana". Gorky nos anima a amar al pueblo tal y como es, mientras Blok se pregunta "¿Pero que habrá que hacer para llegar a querer a los hermanos, a la gente? El alma sólo tiende hacia lo bello, pero las gentes pobres, por el contrario, son incompletas y hay poca belleza en ellas." Esto es porque nos hemos olvidado del amor que nace de la compasión. Un amor que no tiene nada que ver con la lástima, sino que nace de la apreciación de la virtud de lo que es en sí mismo y de su valor.
 
Blok aboga por un principio de orden superior para superar la decadencia que suponen las "vulgares hostilidades de tipo religioso y por los más bajos excesos en los vicios, la bebida y las demás prácticas de la autodestrucción [...]" y asegura que:

 
"En el pueblo no existen tales cosas. Todo aquel que se entrega a una de las citadas prácticas destructivas, queda excluido automáticamente de la esfera del pueblo, se convierte en un desclasado. Porque a las gentes sencillas les repugnan tales prácticas. ¿Qué significa esto? Significa que en el pueblo sigue  incólumne la voluntad de vivir, mientras que la inteligencia está dominada cada vez más por la voluntad a morir."

La relación entre pueblo e inteligencia que describe el autor no es muy distinta de la que podemos describir hoy en día (si bien algunas de sus afirmaciones son anacrónicas, hay que ser comprensivos y entenderlas desde el punto de vista de una mente intelectual decimonónica). Aún hoy, que podríamos afirmar que se ha democratizado la civilización (aunque tal vez sería mucho más acertado decir que se ha "institucionalizado") son válidas. La relación de la revolución y la inteligencia es analizada en su ensayo:
 
Inteligencia y revolución
 
Este ensayo se escribió en plena ebullución revolucionaria (1918). La guerra tiene dos caras: la cruenta de batallas y asesinatos y la hastiada de la ociosidad, trivialidad y aburrimiento. Blok se pregunta cuál es la peor de las dos, cuál la más repugnante.
 
La revolución del arte permite cambiarlo todo para que "nuestra vida falaz, sucia, aburrida e infame se convierta en una vida justa, pura, alegre y buena. Cuando tales ideas, que desde antiguo dormitan en el alma de todo ser humano (...) rompen  de pronto sus ataduras (...) hablamos de revolución." Por lo tanto, la revolución conlleva lo inesperado y aunque a veces sus consecuencias nos puedan resultar confusas o incluso, injustas, nada de lo que ocurre es en vano porque nos lleva a un punto más allá, a un nivel en el que, sin juzgar si es o parece mejor, es un estado de cosas más avanzado. El ideal revolucionario traspasa las fronteras de las naciones porque es un ideal demasiado grande para verse circunscrito a un solo territorio: "Paz y fraternidad de todos los pueblos". Lo ideal merece el mayor esfuerzo porque la vida es hermosa. Merece la pena vivir por un ideal desmedido.
 
"Esperar lo inesperado. No creer en lo que no existe en el mundo, sino en lo que tiene que existir, aunque todavía falte mucho para que así ocurra".
 
Una serie de preguntas nos invitan a reflexionar acerca de los problemas sociales esenciales que, a pesar del paso del tiempo no han cambiado, por lo menos no en sus aspectos fundamentales:
 
"¿Por qué se dice 'Abajo los tribunales'? Porque se están sucediendo interminablemente los códigos y las explicaciones de las leyes. Porque los jueces y abogados actúan como si fueran los dueños y actúan de consuno. Porque el verdicto se pronuncia sin la intervención del pobre ladrón.[...] ¿Por qué se están bombardeando las viejas catedrales? Porque durante más de cien años, bajo sus techos los gordos popes cobraron eructando sobornos y comerciaron con vodka. ¿Por qué se profanan los viejos palacios señoriales (...)? Porque allí fueron violadas y prostituidas las muchachas aldeanas (...) ¿Por qué se están talando los árboles de nuestros magníficos parques? Porque durante cien años los señores mostraron bajo sus tilos y arces todo su poderío: el dinero al mendigo, la cultura a los incultos."
 
Somos responsables de lo acontecido antes de nosotros, somos eslabones de una cadena. No hay que temer la destrucción de viejos paradigmas, así como hubo que vencer el miedo entonces, también es menester vencerlo ahora. Lo perdido no es tal. Un zar que cayó por sí mismo del trono, no era un auténtico zar. El avance creador destruye el silencio, destruye el vacío. La creación de algo nuevo avanza por un territorio que tiene que transformar para poder pasar a través de él, la nueva utilidad lo dignifica y lo revitaliza.
 
Los que antes se quejaban del orden establecido hoy ruegan a un Dios en el que nunca creyeron para que las aguas vuelvan pronto a su cauce. Los burgueses se desmarcan del "proletariado bribón" deseando que todo vuelva a ser como antes. Esta es la burguesía que sigue los dictámenes de los padres y los maestros, los que hacen uso de su temerosa incultura para seguir el caminito erigido hace cincuenta o cien años atrás:
"Familia. Obedece a papá y mamá. Ahorra dinero para la vejez. Aprende a tocar el piano, hijita, y serás mejor partido. No juegues con los chicos de la calle, hijito, pues de lo contrario darás mala fama a tus padres y te rompes el abrigo [...]" 

En todas las etapas de la socialización y sus instituciones (enseñanza media, universidad y administraciones públicas) se repite el mismo patrón:
"Escuela primaria. Obedece al maestro y honra al director. Delata a los chicos malos. Sé siempre el primero. Muéstrate servicial y atento. Atiende ante todo en la clase de religión."
 

 

Se pregunta Blok "¿Qué puede esperarse de quienes escuchan sin rechistar todas estas tonterías y les conceden crédito?" El burgués pisa este suelo, así como el cerdo el estiércol. El intelectual, en cambio, ha trasvalorizado estas seguridades. ¿No debería, entonces, avergonzarse del miedo que le infunde la revolución y el desprecio por el pueblo? "¿Acaso no resulta vergonzoso cómo reaccionan algunos ante el estilo analfabético de algunas proclamas y octavillas, redactadas por gente de buena fe pero mano torpe?"

Pero es tarde. El aceite de mi lámpara agoniza y ya no queda más tinta barata para desperdiciar en devaneos inútiles. Unas vanas palabras que se desperezan en mi mente cansada se asoman antes de que me vaya para decir que es llamativo, que aún hoy, muchas de estas afirmaciones y críticas sigan siendo representativas. Hemos evolucionado y a pesar de que a primera vista parece que seguimos siendo los mismos y que sólo nos hemos cambiado de vestido, quiero pensar (y he aquí que doy paso a mi ingenuo optimismo) que los cambios generados y las pequeñas conquistas no son superficiales, sino que vienen desde adentro del espíritu divino que aún habita en cada uno de nosotros.