Hoy voy a hacer de divulgadora. Me voy a poner el disfraz de buena persona y me voy a cargar con la dificultosa tarea de hablar de un libro de cuentos olvidado. Lo que quiero decir es que me voy a colgar la medalla y voy a hacer una labor humanitaria: la de desempolvar la tumba de Pablo Rojas Paz y, en concreto, la de su impecable antología que en 1940 fue merecedora del Premio Nacional de Literatura en Argentina.
La historia no comienza cuando encontré El patio de la noche en la librería de Covarrubias, no. La historia de nuestro encuentro se fraguó mucho tiempo atrás. De no ser así, este libro me habría pasado desapercibido, enterrado debajo una montaña de novelas modernas de tapas duras y atractivas sobrecubiertas.
(No es que quiera disfrazar cada momento de mi vida ordinaria de misterio o mito, pero en verdad fue así. Mi encuentro con este libro de relatos fue el resultado de una irresistible atracción que comenzó hace tantos años y tantos kilómetros).
Cuando yo era pequeña -a diferencia de ahora, que tengo muchos- no tenía libros. Sería largo, trabajoso e infructuoso contar aquí, en el poco espacio del que dispongo, por qué en mi casa de la infancia sí había animales, jardines, plantas y muñecas, instrumentos musicales y cedés, bicicletas y patines, ¡hasta escopetas! pero no libros. La cuestión es que como no había más que unos pocos libros, no quedaba más que desplazarse de vez en cuando a la biblioteca del pueblo, la biblioteca Pablo Rojas Paz.
Patio de la Biblioteca Rojas Paz (Glew)
Sinceramente, nunca me pregunté quién era el tal Rojas Paz. Para mí era un nombre detrás del cual no se escondía nada que pudiera interesarme. Pero pese a esto, la Rojas Paz fue muy importante en mi vida. Allí iba a buscar información en los libros viejos; allí iba a leer a Benedetti o a Tolkien: me era indiferente. En sus sillas me sentaba al amparo del silencio tranquilo que colmaba mi espíritu de la serenidad que en mi casa faltaba. Y así me pasé muchas tardes en las que -ya entonces- no había clases. Y fue aquí en Madrid, en donde recordé aquellas tardes de adolescencia cuando él llegó a mis manos por pura casualidad. La curiosidad hizo mella en mí y sentí el llamado del objet trouvé del que ya he hablado en otras ocasiones. Pese a que tenía mucho que leer, lo dejé de lado todo por brindarme amorosamente a sus páginas. Y en ellas me encontré con Pablo y con sus historias míticas del norte de mi país.
El patio de la noche es un libro que consta de veintitrés relatos, todos ellos enmarcados en Argentina, en tiempos en donde lo virtual no competía con lo verdadero (y quizás en esto radique su encanto, qui peut savoir). El que da nombre al libro empieza así:
El calor hacía madurar las estrellas. Los jazmines, grandes como manos, daban ese perfume de mujer que tienen las flores tropicales. El aroma suave de los paraísos era un sedante para el ritmo violento del corazón de la noche. Perros, muchos perros ladraban despavoridos en la distancia inquietando la remota angustia de la noche. Los centinelas de la cárcel exhalaban su "¡Alerta estoy!" con un desolador desgano. Una campanita rota sonaba, ya próxima, ya lejana, según el viento. Pero todo ello no parecía sino la espuma del silencio. Si uno hubiera querido disolverse en la noche habría bastado con quedarse quieto, con no desear nada, con pensar. La noche era un palacio de columnas firmes pero abandonado; la música del silencio estaba presente en el fondo de todo.
Ahora te interpelo a ti, desconocido lector de este blog: ¿Te hubieses podido resistir a su lectura, tras este primer párrafo tan prometedor? Yo, desde luego, ni de quererlo lo habría podido hacer. Porque cuando deseo algo en verdad no me importa cambiarlo todo, moverlo todo de lugar, postergar lo que parecía importante: la intuición me lleva como un aroma fino, guiando con generosidad no solo mis lecturas sino también mi vida y nunca me defrauda.
Las descripciones son, en todos los casos, exquisitas, por ejemplo esta, aunque hay muchas más:
La noche caía mansamente. La brisa traía la húmeda fragancia de los ríos. La tarde, una doncella que se muere de angustia, estaba tendida en los pastos azules. Los árboles comenzaban a empaparse de sombra. Los cautelosos gemidos del cacuy decoraban la zozobra de la tarde.
En La madreselva teje la historia de una familia a través de la de la planta que engalana su casa de estilo colonial. Así, el ser vegetal, aunque inanimado, se convierte en ser esencial y protagonista de la historia. Este relato nos recuerda cómo los objetos que nos circundan tienen también un espíritu que vive en nuestros recuerdos y que hasta lo que parece más insignificante puede tener una trascendencia insospechada. También El jarro de plata es otro ejemplo de cómo la vida de los objetos se liga a la de las personas y sus actos. La historia de una negra narra la vida de una joven huérfana y desposeída que es acogida por una familia acomodada. Su piedad y modestia le granjean el cariño de todos y por esto parece que se clava en la memoria del narrador.
Pastores, soldados, fauna y flora locales, indios y demás participantes de las provincias del interior argentino son los ingredientes fundamentales en los cuentos de Pablo Rojas Paz, que desgrana cada historia con la belleza de las cosas sencillas y nos presenta acontecimientos del pasado -sean históricos o ficticios- desdibujados por el paso del tiempo y engalanados por el misterio de mitos y leyendas.
Yo no conocía a Leopoldo pero él me conocía a mí. Me conocía intrínsecamente, como si me hubiera creado. Puede parecer una exageración, pero no lo es. Leopoldo y yo nos conocíamos antes de nunca siquiera vernos. Fue mucho tiempo el que tuvo que transcurrir para que mis dedos curiosos rozaran sus palabras. Tuve que lidiar con el fastidioso tiempo y el espacio para conversar con sus restos. Y esto fue lo que obtuve de resucitar sus pensamientos con mi voracidad.
Sus Fuerzas extrañas (1906) son las precursoras del realismo-mágico y su poesía, del modernismo hispanoamericano del siglo XX. Estas fuerzas abrieron la puerta a jóvenes promesas literarias, hermanas de patria y de siglo: Cortázar, Borges, Arlt, Quiroga, Bioy Casares, Guiraldes....En sus narraciones se aprecia el interés cientificista por los fenómenos inexplicables y quizá en este punto es en donde debamos prestar mayor atención. Lugones buscaba la fundamentación científica, sí, de hecho se interesaba con igual pasión por las ciencias exactas como por las llamadas "humanidades" ¿y por qué hacía esto? Es evidente que desarrolló temas relacionados con hipótesis científicas para así derrumbarlas mejor. Porque a través de sus relatos busca derribar los cimientos seguros que construimos sobre dogmas religiosos y preceptos científicos. En Un fenómeno inexplicable, se puede adivinar el pensamiento de Leopoldo en boca de uno de sus personajes: "¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia!". El "tufillo" a ciencia que desprenden sus relatos se convierte en una excusa para descubrirnos que nuestro medio natural es pantanoso, que las certezas no son más que ilusión y que con indagar un poco podemos ver lo que realmente no nos gusta y esto es, que si bien no estamos ciegos, tenemos una afección peor aún: la de la miopía, que confirma que algo nos falla y sin embargo, nos impide darle solución.
La confusión nos acomete siempre al final de sus relatos. ¿Por qué nos bombardea con seguridades-espejismo? Yo digo que tiene un gran sentido del humor. Basta con llegar al final de Un fenómeno inexplicable para apreciarlo claramente:
"Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico bestial. ¡El mono!¡La cosa maldita! Y conste que yo no sé dibujar."
Pero no sólo inscribe sus relatos en el ámbito de la refutación científica, sino también en los mitos del pasado. Algunos de sus relatos que tocan temas bíblicos o míticos son: La lluvia de fuego, que alude a los castigos de Sodoma y Gomorra, El milagro de San Wilfrido, que inventa un episodio fantástico en el marco de las Cruzadas, Los caballos de Abdera, que narra la leyenda griega, La estatua de sal, sobre la mujer de Lot o Los ojos de la reina, acerca de la metempsicosis presente en su otra antología Cuentos fatales.
Desentrañar con precisión analítica sus cuentos sería destriparlos, por eso no lo voy a hacer a pesar de que pueda achacárseme un espíritu vago y nada meticuloso, no es por esto. Lo que en verdad ocurre es que la destreza formal de un autor de su talla no puede desmenuzarse así como así, sin consecuencias. Para mí, la minuciosidad no se puede aplicar a Leopoldo, sería, en caso de que así lo hiciera, una blasfemia en toda regla. Así pues, no me voy a demorar con esto- que si muy adjetivado, que si poco, que si sustantivos abstractos o concretos, etc.- esto solo obedecería en un blog como este, al deseo de soledad y marginación presente en los espíritus demasiado críticos. Hago un esfuerzo y paso de la marginalidad de la élite a la cercanía popular.
Me despido por ahora de mi nuevo amigo, aquella alma similar que se interesa por estas estúpidas palabras que no expresan nada más que aire.
¡Salvando el hecho de que el aire es fundamental para la vida!
Muero de ganas por reconciliarme con las palabras. Hoy me voy a resarcir de todo. Llevo más de un mes vagabundeando en escritos ajenos, libros que captan mi interés en un instante de voracidad literaria y creaciones antiguas. Los saboreo como si de una degustación se tratase para luego abandonarlos o abandonarme a la obligación moral de terminarme el pastelito que, mancillado por mi nívea dentadura, ya nadie querrá.
Hace más de un mes que me despedí de los densos Diarios de Alejandra Pizarnik. Me costó acabar el voluminoso ejemplar que adquirí en un viaje por mi Buenos Aires querido, en la célebre librería "El Ateneo". Fue un capricho que me di por trescientos noventa y cinco pesos (una enormidad) pero el gusto de habérmelo comprado en esa librería precisamente fue lo que me incitó al dispendio.
A la guapa de Alejandra la conocía de oídas pero un día me la encontré en la Feria del Libro de Madrid y debido al calor estival decidí parapetarme en su poética, La extracción de la piedra de la locura, en una edición fiera y delgada como el aire. La lectura de este libro me produjo una gran satisfacción. Ya desde el primer poema me sentí en total conexión con su artífice:
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
Y encima de esa alejandra con minúscula estoy yo, mirando las palabras que emanaron hace más de medio siglo de su boca como un manantial profano, mirándolas como un minotauro omnipotente. Encima de esa alejandra pequeñita estoy yo, lector avezado, al borde de las lágrimas, porque su crisis de identidad también es la mía y la tuya. Porque no hay nombre que pueda representar la esencia de una persona, y mucho menos si esa persona es uno mismo o lo que es igual, es el otro.
A lo largo de casi quinientas páginas (dispénseme el abuso numérico en el que caigo como una enfermedad) se despereza la intimidad de alejandra, no la que todos conocemos, la de las mayúsculas, la inalcanzable poeta, sino otra muy distinta: la del día a día, la de las obsesiones, la de los sentimientos a flor de piel, la de los pensamientos suicidas.
Los escritores preferidos (sobre todo franceses) y sus descubrimientos nos recomiendan lecturas para el futuro: Proust, Dante, Shakespeare, Goethe, Gide, Vallejo, Apollinaire, Françoise Sagan, Rimbaud, Beauvoir, Baudelaire, Bronte, Storni, Safo, G. Mistral, Colette, Clara Silva, Lorca, Azorín, Borges, Ascasubi, Pascal, Dostoyevski, Molière, Faulkner, Bataille...todos ellos tomados al azar de su diario aunque hay muchos otros que no cayeron en la bolsa del arbitrio.
El suicidio es el final que se intuye en todos los días de su diario. Todos y cada uno de esos días desprenden ese hálito mortecino que exhala la fúnebre señora. Algunos los he marcado en lápiz y otros he preferido guardarlos bajo llave. Esa llave malvada que pudre todo lo que toca: la indistinción.
22 de agosto: A veces soy tan exactamente genial -le dije- que tengo ganas de enterrarme y llorarme tres días.
18 de marzo: Suicidarse es poseer aquella máxima lucidez que permite reconocer que lo peor está ocurriendo ahora, aquí.
El amor o mejor dicho, su carencia, también son una constante. El amor y la muerte así como la locura -términos que reuniera H. Quiroga en el título de sus más célebres cuentos- aparecen palpitantes en cada una de sus entradas. Parecía un tópico pero no es: estos tres elementos resultan ser una constante indisoluble en la vida de Alejandra:
Capri, septiembre de 1961: Tuve miedo y me fui y nunca más creer en el juego de las miradas, nunca más creer en las promesas de los ojos, nunca más creer posible la invención de algo a modo de amor. [...] La espera del amor, el amor a la espera. Cuando venga con sus ojos de niebla. La noche me transforma en la esperadora del amor.
26 de mayo: [...] Y yo moriría mil veces por poder recibir amor sin pedirlo [...].
31 de mayo: [...]Déjame delirarme sin ti, asistir a la deformación de mis huesos que sólo aman una sombra. He caído en la trampa de esta espera y sin duda soy feliz.
29 de junio: [...] Hermosa angustia. Hermoso es sufrir así, hermosamente.
10 de julio: [...] Lo que tú quieres no tiene nombre. Lo que no tiene nombre no existe.
25, viernes: [...]: El proyecto antecede al acto. Cometer el acto es anular el motivo de la espera.
Sábado 21: [...] Respirar es cosa seria.
Las frustraciones se vengan de la víctima y no remiten. Vuelven de visita una y otra vez como presintiendo el fastidio insalubre que ocasionan al anfitrión:
19 de febrero: [...] a causa de que me dijeron no cuando yo pedía [...]hasta que el rostro soñado venga a mí atraído como una bestia finísima por el perfume de mis ojos verdes presentido en algún lugar de mis poemas.
27, lunes: Ayúdame a no pedir ayuda.
Las relaciones humanas son, las más de las veces, vacuas y superficiales. Es difícil para una poeta constantemente en crisis no sucumbir ante las ráfagas de soledad que se instalan alrededor de una mesa repleta de gente hambrienta:
Sábado, 12 de mayo: Anoche bebí demasiado porque comí con unos idiotas, unos arquitectos -con sus mujercitas- que hablaban de aviones y del servicio militar en todos los países del mundo. Eran muchachos de veinticuatro a treinta años. (Odio la gente joven -seria y estudiosa- con su Porvenir abierto y sus miserables deseos de automóviles y departamentos. Los únicos jóvenes que acepto son los bizcos, los cojos, los poetas, los homosexuales, los viudos inconsolables, los frustrados, los obsesionados, sean condes o mendigos, comunistas o monárquicos, mujeres, hombres, andróginos o castrados).
17 de noviembre: Rostros en el métro. Extrañeza. Seguridad de estar rodeada de cadáveres. Mis ojos buscaban la salida de esos rostros. Sans issue. Deseos -por primera vez- de vivir en el campo (paisaje mental eglógico).
El azar, siempre caprichoso, no obedece a ningún designio superior a la fuerza de la arbitrariedad. Es sardónico y se regodea en su risa ladeada. Él quiso que en el instante en que leía estas citas que acabo de transcribir tuviese un lápiz a mano o la osadía de doblar el vértice de la página sin pudor. Esto es lo que ha surgido después de un mes de intensa convivencia con Alejandra, con su retrato más íntimo, con su recuerdo despojado de poses. Su lectura nos puede llevar por múltiples derroteros: la importancia que tienen los diarios y la redacción cuidada de la que hay que hacer gala incluso en momentos de intimidad espiritual; las grandes pasiones que son las que construyen cosas memorables y el final, que no siempre es tal. Muchas veces el fin es aparente, como éste.
Vuelvo a este apartado de mi libro como a una necesidad de la que no puedo prescindir. La lectura es siempre bienvenida y los libros no escasean por aquí. En mis oídos, mientras tanto, resuena una música lúgubre a tono con el día gris que hace hoy. Las novelas no siempre tienen por qué narrar hechos, vertiginosas cadenas de hechos que se suceden unos a otros sin sentido ni fin, así como la vida. La vida en sí misma no tiene esa necesidad de cambio y dinamismo constante. A veces partimos apaciblemente de viaje para vernos el rostro impasible reflejado en el agua de algún río en los confines de Europa, simplemente para mirarnos como nunca antes nos habíamos visto. Es muy fácil mirarse a través del reflejo que proyecta el vidrio reluciente de otros ojos, pero mirarse en el espejo escurridizo de la corriente que se aleja, sin intermediarios, eso es lo difícil.
Sin embargo y pese a lo dicho, no es lo que vamos a hacer ahora. Ahora vamos a mirarnos a través de una novela corta, con poco movimiento y mucha reflexión: El vínculo de Eduardo Mallea. Para esto procuraré valerme de todo tipo de argucias literarias para evadir la fatal tentación de desvelar el descenlace.
Pinas y Gerardo son dos caras de la misma moneda. Son grandes amigos, de necesidades básicas cubiertas. Sus mayores desencuentros los reciben de la mano de su disparidad de caracteres, pero en esencia, la materia de su pensamiento, es básicamente la misma. ¡Qué gran hallazgo, el suyo!
No quiero plagiar en demasía, no quisiera incurrir en dicha infracción (¿o "plagiar" es acaso un delito?) pero no puedo dejar de aludir a lo que en la introducción llama Enrique Azcoaga "narrativa noticiera". Bien sé que hay literatura para todos los gustos y no me voy a detener en explicar las bondades de la literatura que no es un rosario de hechos sin concierto (rosario que abunda, muy a mi pesar, en las narrativas contemporáneas) pero me posiciono desde ya, y para que nadie tome desprevenido la elección siempre conservadora de mis lecturas. Dice Azcoaga "El realista descarnado, para quien la vida puede reducirse a una especie de nómina, diseca la realidad sobre la que trabaja" y también "Narrar (...) no es iluminar un tema repasándolo en sus menores detalles externos, sino partir de la penetración del mismo hacia un entendimiento de la vida (...)". Dice también "Los antropófagos, alejados de cualquier inquietud y con un corazón más bien pobre para entendernos, construyen el castillo de naipes de su novela muy lejos de la personalidad creadora a que extrañamente se debe, valiéndose nada más que de cierta habilidad expositiva". Pues bien, Mallea, afirma Azcoaga, "añade una 'dimensión moral'".
Pinas y Gerardo son dos amigos que "con tenacidad equiparable, habían protegido, cultivado la delicadeza, el sobrio decoro de esa amistad". Amigos que desde la adolescencia profesaban una relación fraternal y no excenta de formalidades. Aunque al principio parecía desdeñosa, la tía Ifigenia demostró pronto cierto interés por Pinas. Gerardo es descrito de una forma la mar de interesante, y al describirlo a él, Mallea, con gran habilidad, nos perfila a cada uno de nosotros:
"Cualquiera diría que un alma así estaba destinada a ser querida. Sin embargo, este hombre amable ponía entre él y las gentes un compás de frío, una distancia, una dimensión deshabitada que ni él ni los otros podían franquear fácilmente. Frente a él, uno se sentía reducido a ser, irremediablemente, uno. Imposible establecer esas comunicaciones a que la plena amistad se dirige y que se definen por paliar nuestra unicidad y permitir que en el corto momento que pasamos en la vida, algo nos salve, por algunos segundos, de no ser más que nosotros solos (...)."
Las diferencias de caracteres se describen tan acertadamente que parafrasearlas sería un crimen literario:
"Pinas confería a la existencia misma, a los hombres, al mundo, su crédito íntegro: les entregaba las llaves del arco. Esta disparidad de carácter establecía entre los dos amigos la siguiente situación: mientras Pinas se dirigía a la vida externa demasiado de prisa, Gerardo se quedaba atrás, ponderando, no precisamente desaprobativo pero mirándolo todo con cierta reconvención tácita en los ojos, velada la frente por la influencia de quién sabe qué sombra catónica."
La clave (o llave) para comprender el desenlace fatal se encuentra en el sueño premonitorio que tiene tía Ifigenia, y aunque no le dieron crédito al principio, luego tuvieron en cuenta los sutiles velos que envuelven la realidad oculta tras el sueño:
"Las otras noches he tenido un sueño premonitorio. ¿Cree usted, señor, que yo sueño con rosas? ¡Bah! Ya pasó esa época. Sueño, mi amigo, con dagas, asesinatos, cadáveres de ahogados, espinas clavadas en órbitas humanas y señoritas que se enjuagan de noche las manos teñidas de sangre de novios tiernos. ¡Conque ya sabe! Y la otra noche, la otra noche he soñado que Gerardo y usted se acercaban al mismo tiempo a cortar en un jardín una pasionaria, de cuyo tallo surgía de golpe una hoja de borde tan filoso, tan filoso que las dos manos -las manos de ustedes dos- quedaban rígidas, horizontalmente agarradas a la vara creciente..."
Tras esta confesión onírica (hay quienes dicen que ciertos sueños nunca hay que contarlos, aunque yo siempre lo hago, a cuenta de mi propia vida) les afirma que "algo los unirá siempre". Esas uniones, aunque invisibles, son fácilmente detectables, aunque nos restaría preguntarnos qué significado se desprende de esos lazos sutiles pero perceptibles.
En el relato no faltan descripciones de reflexiones complejas y sentimientos; entre ellos, esta joyita pictórica sobre el odio:
"Ciertamente, la vida tiene pocas sorpresas. La indiferencia, la distracción, el desconocimiento, pueden cambiarse en amor; el odio no. El odio no progresa más que en términos de odio. Las palabras tienden a combinar los colores, las relaciones, las tensiones, los matices establecidos en el espectro de los sentimientos; pero la vida humana no conoce más que colores simples. En la vida el negro es negro; y cuando nos hayamos cansado de manipular con las probetas, probando, mezclando y combinando colores según los gustos de nuestra fantasía o de nuestra necesidad, estará él esperándonos a la puerta del laboratorio, más irreductible e igual a sí mismo que la primera vez que lo vimos."
Al final, debido a circunstancias de la vida, los dos amigos, tras una larga separación se reencuentran y tienen una conversación en donde sus dos caracteres, en apariencia opuestos se equilibran, por dispares, son parte de una unidad:
"-Se trata- le explicó- de una cosa muy sutil y muy singular. Es como si yo hubiera abolido, ¿cómo decir?, mis oposiciones. Como si yo, de pronto, hubiera volteado esos obstáculos anímicos que se interponen entre uno y las otras modalidades humanas. La imagen que yo ahora tengo es exactamente la de haber volteado obstáculos, motivos, causas de oposición. Experimento a esta altura una necesidad de fundirme hasta con aquello de lo que estaba más separado. Pinas le dijo- hablaban jovialmente- que a él le sucedía exactamente a la inversa, y que las cosas y los seres que le eran antagónicos, cada vez hallaban en él un eco más diverso y una paciencia menos dócil. - Casi creo que estoy aprendiendo a detestar, y que lo de antes no eran más que tímidas tentativas de desacuerdo. -No; a mí no me pasa eso- insistió Durán. Su voz asumió cierta llana tristeza. Aclaró-: Lo que yo experimento es, veamos, una suerte de pacificación."
Finalmente, Pinas sigue el camino que le marca Gerardo y ya al final de la novela hay un vaivén de personalidades encontradas, un baile de caracteres que se ceden el paso entre sí por turnos:
"Cierta diferencia, cierta indiferencia, se había filtrado visiblemente en su trato con los demás. Lo veía. Durante dos o tres noches dejó que la sensación resbalara sobre sí, invistiéndose él de esa especie de protectora indolencia con que a veces nos defendemos de las cosas molestas."
"(...) su realidad más interior, más verdadera, ya estaba sin contacto con los sucesos, los cuales se alternaban a su alrededor en una danza cada vez más distante, cada vez más lejana, en una suerte de ronda envuelta en ecos de ecos de ecos."
Pero más tarde..."Se echó a la calle; llevaba la vista ardiendo de necesidad de un hallazgo que le diera, en cualquier alma, en cualquiera, el toque de tierra."
Mallea alardea del dominio del lenguaje. Eso sí, sin megalomanía y con mucha humildad. Empuña la afilada espada de la reflexión incluso en lo que a la descripción de la conversación se refiere, a ese "desvelar" los guiones secretos que motivan los intercambios lingüísticos: "Cayeron de inmediato en una de esas típicas conversaciones suyas, prontas a ser guiadas por corredores imprevistos y donde la sorpresa de un hallazgo o el acierto de una inesperada callejuela dialéctica les producía cierta desproporcionada complacencia."
Y siguiendo con el tema del lenguaje, que por lo demás es apasionante, deberíamos hacernos cargo de que el enunciamiento de las propias obsesiones son una forma efectiva de aniquilarlas:
"Había concebido siempre la conversación como un expediente catártico: las sujecciones y enlazamientos a que su antigua soledad lo reducía sumiéndolo en agotadoras luchas de silencio con las formas nocturnas de sus obsesiones, hallaban en la conversación su vía liberativa, y él, amparado en la compañía ocasional del interlocutor, ensayaba aniquilarlas al enunciarlas."
Los seres no somos unicidad con variaciones, no. Somos entes diversos sin continuidad ni relación. Las existencias son plurales, no cambiamos "en nuestros accidentes, del modo, por ejemplo, como cambia una serpiente la piel, sino que nos sucede como si la serpiente, al cambiar, cambiara radicalmente de ser". Una reflexión interesantísima, desde luego, que concluye del siguiente modo no menos atrayente: "Ahora contemplo mi existencia como una verdadera sucesión de existencias cuyo fruto no es la unidad tranquilizadora típica de un solo único, sino el complejo inquietante de muchas personas que me miran desde sus ángulos cruzados".
Y aunque no queramos, (y no queremos) la magia siempre estárá presente en nuestras vidas, algunos somos víctimas de los misteriosos designios de lo oculto, otros, intérpretes y otros, aún más lejanos de nosotros, ejecutores: "Las excentricidades de la superstición habían dejado a Pinas siempre indemne. Nunca creyó en adivinos, en magos; nunca creyó en supercherías premonitorias; nunca creyó en los símbolos ocultos de los sueños; en una palabra, jamás prestó crédito a lo sobrenatural". Por lo menos esto era así al principio.
Ahora una cuestión baladí pero simpática...¡cómo no se me había ocurrido en toda mi vida ponerle nombre a las manchas de humedad que súbitamente aparecen, incubadas como por un útero invisible pero real! Por poco significativa que sea en la narración, "la pequeña Duffy" merece que la nombre. Como soy poco original, buscaré alguna mancha a la que nombrar, para que al hacerlo pueda existir. Esto es posible porque la soledad compensa en gran medida y Pinas, es un ser solitario que pese a ofrendar el sacrificio de su soledad, gracias a esa unicidad obtiene a cambio la recompensa de ser "a la par, su oficiante y su Dios. Y el cielo de los solitarios está siempre volado de pájaros secretos, de figuras, de números, de formas".
La sonoridad explicada como una vibración que produce la persona a su alrededor es una cualidad propia de la gente vital:
"Caminó, pensando seriamente que quizá el signo más sensible de verdadera vida resida en la sonoridad que un espíritu suscita en la otra gente. A mayor sonoridad, mayor vida, y viceversa; no contemos con los solitarios que se abrazan desesperadamente a una especie de opacidad suprema, en aras de otros sones ajenos a este mundo: con los que se abrazan a la experiencia mística."
Al final, cualquier excusa es buena para revolver dentro de las aguas opacas de uno mismo. Cualquier libro, cualquier película, cualquier pintura. Todos nos reflejan si queremos. Son una parte de nuestro ser en el mismo momento en que son admirados, por eso admiramos la belleza de las cosas, de las personas y por qué no, de las ideas. El vínculo de unión entre Pinas y Gerardo seguirá siendo invisible, apenas perceptible, así como muchos otros vínculos que nos rodean, que nos atrapan, que determinan nuestros pasos sin siquiera sospecharlo.