sábado, 25 de abril de 2015

"Blood is life, Mr. Renfield"

Tras unos intentos de lectura más o menos fallidos, luego de mucho correr, de idas y venidas, aquí estoy nuevamente, decidida a no decepcionar a quienes les gusta leer mis torpes escarceos con la crítica literaria y cinematográfica.
Aquí me tienen y aunque, un poco agotada, ya con mis últimas energías, dispuesta a rememorar (luego de una dulce sobredosis) a mi admirado Béla.
No tengo muchos DVD originales en mi casa. De hecho hay muchas películas que me gustan y que no tengo ni siquiera en el ordenador. A diferencia de los libros, las películas escasean en mis estantes. Algunas veces, tengo la inmensa suerte de obtenerlas gracias a la traficante de cultura de mi barrio; otras veces, en cambio, algún ser amistoso se compadece de mí y me proporciona ocio gratis.
"Drácula" es una peli que vio todo el mundo en sus distintas versiones. Como se insinúa en los párrafos anteriores, el film de Drácula al que me refiero es aquel que se estrenó en 1931, dirigido por Tod Browning e interpretado fantásticamente por Béla Lugosi.
Su magnífica actuación nos recuerda a la que hiciera Rudolf Klein-Rogge del doctor Mabuse bajo la diestra mano de Fritz Lang: una mirada hipnótica toca a la puerta del sueño para decirnos que no podemos escapar de su encanto. 
Algunas frases son memorables, además de que, pronunciadas por la sonora voz de Béla, unida al gesto digno y misterioso no nos dejan indiferentes. La presentación del conde no puede menos que erizarnos la piel.
 
En su estupenda interpretación Béla modula su voz haciéndola suave pero no por ello menos sonora. La reacción del pobre Renfield es siempre temerosa, pero no nos extraña, y lo perdonamos. ¿Quién no temblaría de miedo ante un Drácula como éste? Yo, por lo menos, dudaría entre salir huyendo (y arriesgarme a que me devoren los lobos o "children of the night", como cariñosamente los llama su padre putativo) y seguirlo hasta la tumba. Desde luego Renfield o era algo pánfilo o le iba el rollo "sadomaso" y estaba deseando que Drácula le hincara el diente. Lo cierto es que Renfield lo sigue hasta el fin aunque ya sabemos lo que le pasa al pobre.
 El otro personaje fuerte de la de la película es el doctor Van Helsing, que aparece en la segunda parte, digámoslo así, de la película, cuando Drácula ya ha desembarcado en Londres. Van Helsing  interpretado por Edward Van Sloan encarna al hombre de ciencia extranjero que conoce la ciencia pero que no desdeña las supersticiones (entre ellas la  religión), considerando que éstas, con el tiempo, se tornan conocimiento científico.
 
El resto de personajes son más o menos interesantes, pero claro, encandila el papel de Renfield a quien da vida el actor Dwight Frye. Su risa maníaca y su mirada de lunático lo hacen pasar por loco y de ahí que lo encierren en el hospital para dementes. El pobre de Renfield no hace más que intentar agradar al señor conde para que éste le permita chupar la sangre de alimañas y pequeños insectos. Renfield, sin embargo, tiene una debilidad: Mina, la hija de doctor Seward, y por ella aconsejará a su padre que la lleve lejos de Drácula. Su verborragia le costará muy cara, como nos cuesta a todos los que hablamos mucho.
Así pues, estamos ante un film de primera categoría (a pesar de los murciélagos de plástico que oscilan de un lugar a otro por medio de unos mal disimulados hilos transparentes). Los escenarios están muy bien logrados, al estilo de los expresionistas de principios de siglo: el castillo es espeluznante (tal y como debe ser el castillo de un vampiro), la bellísima mansión del doctor y también la parte rodada en el teatro o en exteriores. Todo encaja en una historia con pocos escenarios aunque significativos, en unos ambientes más bien silenciosos y en donde priman los gestos, muy a la manera de su madre, la cinematografía muda.
Por todos los motivos que ya expliqué y por otros que no se me han ocurrido aún, prefiero, junto con la adaptación de Murnau, esta versión fílmica del, por todos conocido, adorado, amado, visto y revisto clásico de Bram Stoker.
 

domingo, 29 de marzo de 2015

Violette: la pasión exaltada

No soy muy amiga de las películas modernas, lo confieso. Incluso no soy amiga de los libros modernos. Toda novedad me subleva, me horroriza. Me parece que el tiempo pasado (en cuanto al arte se refiere) fue mejor. Sinceramente, no comprendo la raíz de esta estúpida convicción. Tal vez me lleve bien con las mentes antiguas porque son ellas las que perviven en mi ADN, mientras que todo lo "por venir" aún no me ha sido dado y mi predilección no está lista. Quizás yo sea como un ciego que no puede apreciar la pintura o un sordo que no es capaz de imaginarse la música. En cualquier caso, esta deficiencia mía hace que me cueste abrirme a lo nuevo, a lo joven, a la vanguardia.
Hace no mucho vi por "obligación" (tuve que poner a dieta mi egoísmo) una película de 2013 cuyo nombre, si bien lo recuerdo, no  voy a decir. La temática futurista no me gusta porque parece que cualquier argumento que sirva de pretexto para emplear efectos especiales a diestra y siniestra, sin ton ni son, vale. Pero quise darle una oportunidad (además de que no tenía opción) y bien, mis sospechas se vieron confirmadas (¡bendita intuición mía! ¡te escuché pero no pude hacerte caso!). La película resultó ser una verdadera bazofia: un guion malísimo, los actores -aunque de fama mundial- bastante flojos y los millonarios efectos especiales en excesivas millonarias cantidades. Una película entretenida pero, muy a mi pesar, malísima. Esta experiencia reciente me reafirmó en mi convicción estúpida ¿cómo desembarazarme de aquel prejuicio? La tarea se volvía cada vez más difícil hasta que, después de mucho insistir logré proyectar lo que la intuición, siempre certera, me empujaba a ver.
"Violette" es una magnífica película francesa dirigida por Martín Provost que retrata la vida de su homónima, Violette Leduc, famosa escritora francesa del siglo XX, hoy un tanto olvidada por la vorágine literaria. Sin embargo, este film resucita a la escritora, le da vida de la mano de la interpretación impecable de Emmanuelle Devos.
Violette es una mujer con complejo de inferioridad, enamorada siempre de imposibles, que sufre porque no la quieren. Su hambre de amor la lleva a escribir su primera novela, alentada por el hombre al que ama, quien -como casi todos sus amores- la abandona más tarde. Tras terminar su primera novela, se la entrega a Simone de Beauvoir que rápidamente descubre el talento innato de Violette y además de interceder para la publicación de su manuscrito en la editorial Gallimard, la alienta a seguir escribiendo pese a sus altibajos emocionales. Violette admira a Simone, como antaño admirara a Maurice Sachs y decide seguir sus consejos. A partir de aquí, numerosas citas y episodios amorosos, así como reflexiones feministas que todavía hoy, después de medio siglo, siguen en pie.
La escena de la librería, en la que Violette enfurece tras no encontrar ejemplar alguno de su recién editada novela.
El guion fue escrito por el mismo Provost, René de Ceccatty y Marc Abdelnour. Muchas veces nos quejamos de que el guion desmerece la calidad de la película y cuando esto ocurre, el trabajo del resto de profesionales que hacen posible la consecución exitosa de la misma, se echa a perder. Un buen vestuario o escenografía no sirven de gran cosa si el guion es un cúmulo de despropósitos. El guion es la base sobre la que se asienta esta obra también -no es una excepción- por lo que su esmerado tratamiento favorece el trabajo, asímismo meticuloso, del resto de elementos constitutivos del film.
Como no es mi intención "cargarme la película" me voy a detener aquí, y no voy a contar más. Sin embargo, sí diré que me surgieron muchas dudas y preguntas. Empaticé con la protagonista (la maestría de la interpretación logra un efecto conmovedor en cualquier ser sensible). Me pregunté por qué Simone no amaba a Violette como ella la amaba, por qué  no podían estar juntas. Mi compañero, que estaba a mi lado, como siempre está, me dio la respuesta: "Porque si hubiesen estado juntas, ella no habría escrito". Y es así como, gracias al amor frustrado de Violette, hoy podemos disfrutar no sólo de su poesía y su prosa (galardonada con el premio Goncourt por su novela "La bâtarde") sino también de esta inmejorable película.


Violette Leduc

martes, 17 de marzo de 2015

Inteligencia, pueblo y revolución

El género de ensayo (ya sea, ensayo actual o de tiempos pretéritos) no siempre es acogido con la atención que se merece. Esta entrada no será la excepción, me temo. Esto es así, no deliberadamente, sino por cuestiones que escapan a mi voluntad: un artículo pormenorizado y escrito concienzudamente es muy difícil de llevar a cabo por una mano no experta en el tema como es el caso. Sin embargo, haremos todo lo posible por alcanzar las expectativas menos exigentes, porque las más exigentes (y eso lo digo desde ya, para que nadie pierda su tiempo) no serán colmadas.
 
El librito en cuestión es un intenso volumen compuesto por once ensayos sobre literatura y política Un pedante sobre un poeta y otros textos del escritor ruso Alexandr Blok. Como dije antes, no voy a tratar los ensayos individualmente, pero me voy a centrar en los dos ensayos que me resultaron más significativos: Pueblo e inteligencia e Inteligencia y revolución. Para los interesados en los artículos sobre literatura rusa, diré que Blok se refiere en ellos a Lermontov, Gorky, Mereshkovsky, Solovyov y Pushkin.
 
Pueblo e inteligencia
 
Aquí, Blok introduce la cuestión de pueblo e inteligencia contraponiendo su opinión con respecto de la que Baranov diera en su ponencia "Sobre demoteísmo". La relación entre pueblo e inteligencia es de gran relevancia en la época  prerrevolucionaria en la que se publicó el artículo (1908) y aún hoy sigue teniendo interés (y es por lo que decidimos resucitar el artículo). Para hablar de pueblo e inteligencia, no hay mejor punto de partida que Gorky. Gorky era un escritor verdaderamente proletario, un escritor del pueblo y por esto -dice Blok- despierta tanta simpatía entre los rusos, porque él conocía verdaderamente al pueblo, porque él era "pueblo". Entre los dos campos existe la "tierra de nadie" y ¡Ay de aquel que ose situarse como mediador entre ambas mayorías! Será despreciado por unos y abucheado por otros. Los intelectuales, nos dice Blok, no han sabido comprender a los que proceden del pueblo:
 
"Las personas que proceden del pueblo y están acuñadas por el espíritu de éste, sólo nos son hostiles a nosotros, los intelectuales, porque no somos capaces de comprender su forma de ser."

Es indudable que se refiere a Máximo Gorky y a su "sangre sana". Gorky nos anima a amar al pueblo tal y como es, mientras Blok se pregunta "¿Pero que habrá que hacer para llegar a querer a los hermanos, a la gente? El alma sólo tiende hacia lo bello, pero las gentes pobres, por el contrario, son incompletas y hay poca belleza en ellas." Esto es porque nos hemos olvidado del amor que nace de la compasión. Un amor que no tiene nada que ver con la lástima, sino que nace de la apreciación de la virtud de lo que es en sí mismo y de su valor.
 
Blok aboga por un principio de orden superior para superar la decadencia que suponen las "vulgares hostilidades de tipo religioso y por los más bajos excesos en los vicios, la bebida y las demás prácticas de la autodestrucción [...]" y asegura que:

 
"En el pueblo no existen tales cosas. Todo aquel que se entrega a una de las citadas prácticas destructivas, queda excluido automáticamente de la esfera del pueblo, se convierte en un desclasado. Porque a las gentes sencillas les repugnan tales prácticas. ¿Qué significa esto? Significa que en el pueblo sigue  incólumne la voluntad de vivir, mientras que la inteligencia está dominada cada vez más por la voluntad a morir."

La relación entre pueblo e inteligencia que describe el autor no es muy distinta de la que podemos describir hoy en día (si bien algunas de sus afirmaciones son anacrónicas, hay que ser comprensivos y entenderlas desde el punto de vista de una mente intelectual decimonónica). Aún hoy, que podríamos afirmar que se ha democratizado la civilización (aunque tal vez sería mucho más acertado decir que se ha "institucionalizado") son válidas. La relación de la revolución y la inteligencia es analizada en su ensayo:
 
Inteligencia y revolución
 
Este ensayo se escribió en plena ebullución revolucionaria (1918). La guerra tiene dos caras: la cruenta de batallas y asesinatos y la hastiada de la ociosidad, trivialidad y aburrimiento. Blok se pregunta cuál es la peor de las dos, cuál la más repugnante.
 
La revolución del arte permite cambiarlo todo para que "nuestra vida falaz, sucia, aburrida e infame se convierta en una vida justa, pura, alegre y buena. Cuando tales ideas, que desde antiguo dormitan en el alma de todo ser humano (...) rompen  de pronto sus ataduras (...) hablamos de revolución." Por lo tanto, la revolución conlleva lo inesperado y aunque a veces sus consecuencias nos puedan resultar confusas o incluso, injustas, nada de lo que ocurre es en vano porque nos lleva a un punto más allá, a un nivel en el que, sin juzgar si es o parece mejor, es un estado de cosas más avanzado. El ideal revolucionario traspasa las fronteras de las naciones porque es un ideal demasiado grande para verse circunscrito a un solo territorio: "Paz y fraternidad de todos los pueblos". Lo ideal merece el mayor esfuerzo porque la vida es hermosa. Merece la pena vivir por un ideal desmedido.
 
"Esperar lo inesperado. No creer en lo que no existe en el mundo, sino en lo que tiene que existir, aunque todavía falte mucho para que así ocurra".
 
Una serie de preguntas nos invitan a reflexionar acerca de los problemas sociales esenciales que, a pesar del paso del tiempo no han cambiado, por lo menos no en sus aspectos fundamentales:
 
"¿Por qué se dice 'Abajo los tribunales'? Porque se están sucediendo interminablemente los códigos y las explicaciones de las leyes. Porque los jueces y abogados actúan como si fueran los dueños y actúan de consuno. Porque el verdicto se pronuncia sin la intervención del pobre ladrón.[...] ¿Por qué se están bombardeando las viejas catedrales? Porque durante más de cien años, bajo sus techos los gordos popes cobraron eructando sobornos y comerciaron con vodka. ¿Por qué se profanan los viejos palacios señoriales (...)? Porque allí fueron violadas y prostituidas las muchachas aldeanas (...) ¿Por qué se están talando los árboles de nuestros magníficos parques? Porque durante cien años los señores mostraron bajo sus tilos y arces todo su poderío: el dinero al mendigo, la cultura a los incultos."
 
Somos responsables de lo acontecido antes de nosotros, somos eslabones de una cadena. No hay que temer la destrucción de viejos paradigmas, así como hubo que vencer el miedo entonces, también es menester vencerlo ahora. Lo perdido no es tal. Un zar que cayó por sí mismo del trono, no era un auténtico zar. El avance creador destruye el silencio, destruye el vacío. La creación de algo nuevo avanza por un territorio que tiene que transformar para poder pasar a través de él, la nueva utilidad lo dignifica y lo revitaliza.
 
Los que antes se quejaban del orden establecido hoy ruegan a un Dios en el que nunca creyeron para que las aguas vuelvan pronto a su cauce. Los burgueses se desmarcan del "proletariado bribón" deseando que todo vuelva a ser como antes. Esta es la burguesía que sigue los dictámenes de los padres y los maestros, los que hacen uso de su temerosa incultura para seguir el caminito erigido hace cincuenta o cien años atrás:
"Familia. Obedece a papá y mamá. Ahorra dinero para la vejez. Aprende a tocar el piano, hijita, y serás mejor partido. No juegues con los chicos de la calle, hijito, pues de lo contrario darás mala fama a tus padres y te rompes el abrigo [...]" 

En todas las etapas de la socialización y sus instituciones (enseñanza media, universidad y administraciones públicas) se repite el mismo patrón:
"Escuela primaria. Obedece al maestro y honra al director. Delata a los chicos malos. Sé siempre el primero. Muéstrate servicial y atento. Atiende ante todo en la clase de religión."
 

 

Se pregunta Blok "¿Qué puede esperarse de quienes escuchan sin rechistar todas estas tonterías y les conceden crédito?" El burgués pisa este suelo, así como el cerdo el estiércol. El intelectual, en cambio, ha trasvalorizado estas seguridades. ¿No debería, entonces, avergonzarse del miedo que le infunde la revolución y el desprecio por el pueblo? "¿Acaso no resulta vergonzoso cómo reaccionan algunos ante el estilo analfabético de algunas proclamas y octavillas, redactadas por gente de buena fe pero mano torpe?"

Pero es tarde. El aceite de mi lámpara agoniza y ya no queda más tinta barata para desperdiciar en devaneos inútiles. Unas vanas palabras que se desperezan en mi mente cansada se asoman antes de que me vaya para decir que es llamativo, que aún hoy, muchas de estas afirmaciones y críticas sigan siendo representativas. Hemos evolucionado y a pesar de que a primera vista parece que seguimos siendo los mismos y que sólo nos hemos cambiado de vestido, quiero pensar (y he aquí que doy paso a mi ingenuo optimismo) que los cambios generados y las pequeñas conquistas no son superficiales, sino que vienen desde adentro del espíritu divino que aún habita en cada uno de nosotros.

domingo, 1 de marzo de 2015

Pinturas académicas: Mito, historia y religión, idealizados

Una visita es poca para apreciar en todo su esplendor las ochenta y cuatro obras que se exponen desde el 14 de febrero en la sala de exposiciones de Recoletos de la Fundación Mapfre y que se podrán visitar hasta el 3 de mayo.


La exposición que hoy nos interesa llegó no demasiado tarde como para poder repetir. Mi compañero me recomendó visitarla, tras haberla visto él mismo en buenísima compañía. Así que partí hacia los brazos abiertos y generosos de esta pequeña gran muestra del buen gusto y de la pericia con la que obraban los pintores del arte académico a mitad del siglo XIX. Además de su indudable maestría con el pincel y del conocimiento cultural (religioso, histórico o mitológico) que subyace en la elección de los temas, los pintores academicistas dejaron su sello personal en cada una de sus obras, diferenciándose claramente unos de otros, a pesar de elegir motivos similares o de tener un cánon de la belleza estándar.
Y hasta aquí, los datos. Lo que voy a explicar ahora es más bien una traducción del lenguaje del corazón en donde anida el goce estético (por lo menos el mío). Las obras son magníficas. Parece estúpida esta afirmación por lo evidente pero permítanme que ahonde en mi estolidez y que, además puntualice por qué son magníficas. Son magníficos los dibujos: el conocimiento anatómico deslumbra en todas y cada una de las pinturas, aunque seguramente muchos de esos cuerpos fueran dibujados de memoria. Ya sabéis que los pintores debían conocer el cuerpo humano a la perfección y para ello, la aspereza amarga de la práctica incansable es imprescindible (que nadie se ahogue en mi excesiva lista de adjetivos, por favor). Las mujeres son similares: bellezas rubias de cabellos ensortijados y cuerpos curvilíneos e inmaculados resplandecen en medio de paisajes bucólicos o rodeadas de sátiros, faunos y toda sarta de seres lascivos que las observan cautivados. Asimismo, el trabajo realizado con el pincel es notable: no es real sino idealizado. Los detalles son muy importantes: no sólo en el primer plano sino también en los planos secundarios.

El dominio de la figura humana es patente, así como la reinterpretación de los motivos religiosos e históricos. Ejemplos de altísima calidad son el sobrecogedor Job de León Bonnat o La campaña de Francia de 1814 de Meissonier.
Entre los cuadros de tema oriental destacan Tamar de Cabanel o Los peregrinos yendo a la Meca de León Belly de un colorido incomparable, bien distintos de las pinturas de tema religioso.
Dentro de la perfección conseguida en la representación figura humana se encuentra el género de los retratos (por ser estos parte de la anatomía) entre ellos los de Proust y Víctor Hugo, así como de múltiples personajes de la aristocracia francesa.

En conclusión, se trata de una exposición muy recomendable, tanto para ver solo o acompañado (bien o mal, da igual, aunque mejor que sea bien), y sobre todo: para repetir, porque una visita se queda corta para apreciar una muestra tan completa y maravillosa en donde los grandes maestros de la pintura académica hacen gala de sus plumas más espléndidas para brillar eternamente.

domingo, 15 de febrero de 2015

En el nombre del teatro: Mateo

Mi idilio amoroso con Mateo, comenzó hace ya más de un año, cuando debía realizar un trabajo de investigación sobre cierto admirado escritor de teatro. La investigación duró varios meses y no más porque no había mucha información al respecto y además, porque no disponía de los medios suficientes como para acceder a ciertas fuentes geográficamente lejanas y guardadas quién sabe en qué recóndito cajón lleno de arañas.
Pero rastreando cada vez más profundamente las raíces e influencias de dicho dramaturgo, tuve la suerte de cruzarme con Armando Discépolo y con su obra Mateo.
En un primer momento, antes de poder "hacerme" con un ejemplar de la obra, ví la adaptación cinematográfica de Daniel Tinayre. No estuvo mal, no, para nada. Pero algo en mi interior me susurruba que no debía cejar en el empeño y conseguir un ejemplar y leerlo. Desgraciadamente, las ediciones estaban agotadas, en las bibliotecas no existía. Las librerías especializadas en teatro sólo tenían ejemplares nuevecitos, de tapas blandas relucientes y suaves, sin páginas amarillentas, mordisqueadas por algún ratoncillo, ni manchas de té, anotaciones a lápiz o borrones de tinta. Y entre estos libros perfectos recién saliditos del horno de la modernidad, no estaba mi Mateo. Así que un día, en mi incansable idilio con los libros desechos, me puse a revolver entre los dispares volúmenes de una librería solidaria y para gran sorpresa mía y de mi compañero de ruta, que me acompañaba en ese momento, lo encontré. Lo encontré y mi alegría fue suma y me costó creer que la Providencia hubiese obrado un milagro así: lo que buscaba y ya creía no encontrar, lo encontré. Mi Mateo, yaciendo dócil, deslumbrante en las palmas de mis manos blancas y a un precio irrisorio (el valor y el precio, a veces un contraluz).
 
No pude leerlo enseguida. Mi amor por Mateo tuvo que esperar muchos meses hasta verse colmado y no me decepcionó. La lectura presta, aunque con algunos términos desconocidos, incluso para una nativa en su variedad idiomática. El tiempo había hecho mella en mis destrezas hermenéuticas. Pero no desesperé ya que a mano tenía todas las herramientas necesarias para la correcta aprehensión de esta pequeña joya del grotesco criollo.
La pieza es breve y los diálogos significativos. Quien los alcanza, descubre una época, una sociedad, un lenguaje del pasado, pero nuevo. Nuevo ahora. ¿Y quién es Mateo? Todo el mundo sabe en Buenos Aires lo que es un mateo y no se empeñe nadie en buscarlo en el diccionario porque no está. No está, no porque no exista, ni haya existido, no está porque no prosperó el elemento a que da nombre y no su denominación. Mateo es el caballo de Miguel, un inmigrante italiano que trabaja de cochero en una ciudad en donde el automóvil hace su gloriosa aparición y copa la ciudad con sus emisiones tóxicas y groseros bocinazos. Así, Miguel se convierte en espectador de primera fila de su propia agonía: el trabajo escasea y no tiene dinero para alimentar a su familia. Su esposa Carmen se conforma viviendo de prestado y sus hijos o no trabajan o sueñan con ser boxeadores de fama mundial. Así, entre realidad y fantasías, Miguel decide dejar su honrada pero ineficaz profesión para, tras una negativa de su amigo Severino, ayudar a unos ladrones (El loro y Narigueta) a cambio de una parte del botín. Es tan sólo cuestión de tiempo que la tormenta se desencadene. La desgracia no se hace esperar: mientras Miguel está esperando a los bandidos, la policía lo descubre y tiene que abandonar a su fiel amigo, Mateo, y su coche para salir huyendo. Cuando llega a casa su hijo Carlos, le da la esperada noticia: ha conseguido un trabajo de chófer y ya está ganando dinero. Con este nuevo trabajo, rindiéndose al ritmo de los nuevos tiempos que corren podrá ayudar a mantener a la familia. Lamentablemente ya es tarde: la policía irrumpe en la casa dispuesta a detener a Miguel.
 
MIGUEL.- No llore. Piense a los hijos...Tenía razón, Cármene: cuando se echan al mundo hay que alimentarlos...de cualquier manera. Yo he cumplido. No llore...(Los hijos los miran sin entender. El viejo despista: se pone la galera de Severino, abollada y maltrecha. Da lástima y risa) ¿Cómo me queda ? ¿Me queda bien? (Retrocede hasta el foro preparando la huida. Se repiten los golpes) ¡Addío! (De un respingo abre la puerta. La policía echa mano de él. La vieja cae).
La lucha entre lo viejo y lo nuevo es constante. Carlos, el hijo de Miguel representa las nuevas generaciones que saben adaptarse al cambio, mientras que Miguel, anclado en el pasado y demasiado orgulloso para cambiar, solo puede precipitarse por el camino que le presenta Severino, el camino de la delincuencia:
 
SEVERINO.-¡Eh!... Hay que entrare, amigo. La vida es una sola, e a lo muerto lo llórano uguale cuando han sido honesto que cuando han sido deshonesto.  
MIGUEL.- Callate, Mefestófele.
SEVERINO.- Ascucha, San Miquele Arcángelo; está a tiempo todavía. Aprenda a vivir. Hay mucho trabajito por ahí...secreto...sin peligro...que lo págano bien.
Recomendamos absolutamente esta pequeña pieza teatral, que por el tema, siempre actual, no dejará indiferente al lector y hasta puede que, (como una servidora) leyendo incluso las declamaciones híbridas de Miguel, se le escape alguna lágrima furtiva que sabrá enjugar a tiempo.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La mirada de Giaco

 
La mirada es, junto con el ojo que la produce, el elemento fundamental en toda cabeza que se precie. La mirada es la que hace la propia identidad y la que hace al mundo que identifica. Los ojos nos permiten ver, pero la mirada nos deja (valga la redundancia) "mirar", crear un constructo único e irrepetible de aquello que nos rodea, porque la mirada no sólo evoca la identidad del que mira si no también del que es mirado. Ninguna mirada es idéntica a otra.
 
Giacometti, como bien sabemos, cosechó sus mayores éxitos de mano de sus obras escultóricas, pero en la exposición que acoge actualmente la Fundación Canal (Mateo Inurria, 2, Madrid) también seremos testigos de su proceso creativo preliminar en el plano, es decir en el papel, el dibujo. Al respecto, nos dice Giacometti que es el dibujo lo que cuenta, porque a través de él, todo lo demás es posible. Sus palabras ilustran bastante bien la exposición, en donde los bocetos y algunas de sus esculturas más selectas se erigen intactos y silenciosos tras fríos cristales protectores y coronados por cálidas luces en medio de esas penumbras que caracterizan tan a menudo a las salas de exposición y museos. A través de los dibujos, podemos hacernos una idea del proceso creativo del artista y sus escarceos estéticos con las distintas corrientes artísticas tales como el naturalismo, el surrealismo o el cubismo.
 
La exposición se divide en secciones bien diferenciadas: cabeza, mirada, figuras de medio cuerpo, mujer, pareja y figuras en la lejanía. En cada una de ellas podremos apreciar dibujos y esculturas que mejor representan las concepciones artísticas y filosóficas del artista sobre el tema que les da título.
 
Destacan las esculturas: La pareja, Cabeza de hombre, Cabeza-cráneo y Hombre sentado. Entre los dibujos son de gran interés los retratos de Annete, su mujer y su autorretrato, así como los retratos de personalidades del mundo artístico y literario.

domingo, 8 de febrero de 2015

Scherzhauserfeld o la antesala del infierno (el infierno)


Luego de varios intentos para escribir esta entrada (algún demonio invisible debe haberse conjurado en mi contra esta vez) he conseguido, dejando de lado ciertas pretensiones, acceder al registro escrito e informático para hablar del maravilloso libro que con premura debo devolver para evitar la sanción de la biblioteca. Estoy hablando de El sótano de Thomas Bernhard. Los que leen asiduamente este blog, que no dudo que serán dos o tres como mucho y siendo generosa, notarán que repito. ¿Y por qué repito? porque es inevitable. Cuando nos dejamos conquistar por una estética no podemos más que rendirnos a ella una y otra vez y nos dejamos seducir una y otra vez y una y otra vez la disfrutamos.

Esta vez, por ser la segunda ocasión en que escribo una entrada sobre este autor que se está convirtiendo en "mi predilecto", decidí no cometer los mismos errores y apuntar, a medida que leía y releía sus páginas, las localizaciones de los pasajes que consideraba más jugosos o interesantes para poder así comentarlos extrayendo el fragmento correspondiente.

La novela El sótano conforma una trilogía autobiográfica de la que también forman parte El origen y El aliento. Al igual que la novela que comenté en la entrada anterior, el narrador está en primera persona. Este detalle importantísimo, no sólo la hace fácil de leer, si no que también nos hace identificarnos con el personaje que narra los acontecimientos y con sus pensamientos. El protagonista es un joven de dieciséis años que decide dejar la coacción escolar del bachillerato para, como dice él, ir en la dirección opuesta. Ir en la dirección opuesta significa dejar los estudios para trabajar en el sótano, una tienda de comestibles situada en la antesala del infierno (el infierno) como califica el narrador a Scherzhauserfeld, una ciudad austríaca en la que reina la delincuencia, la pobreza y la miseria moral y económica. Allí, en el establecimiento de Podhala, aprenderá muy buenas lecciones, entre ellas, a ser sociable y también a desempeñar la tarea de aprendiz de comerciante de la mejor manera posible, lidiando con la grotesca realidad cotidiana de la Austria de la posguerra y de los austríacos pobres (entre ellos, él mismo). El sótano fue su alimento absolutamente propio y con esta afirmación tan acertada y desconcertante nos deja pensando. Fui al comercio de alimentación, fue mi alimento absolutamente propio, eso lo comprendí en seguida, y a esa intuición tuvo que subordinarse todo. Gracias a su experiencia en la tienda de comestibles pudo poner orden no sólo en su mente sino en todas las cosas cotidianas pequeñas y muy pequeñas. Automáticamente pensamos, tras leer estas palabras que la vida se compone, en su mayor parte, de cosas insignificantes, y que son esas cosas muy pequeñas, las que hacen la vida tal y como es.

Entre sus reflexiones destacan algunas joyitas como ésta sobre la verdad:

La verdad, pensaba, sólo la conoce el interesado, si quiere comunicarla, se convierte automáticamente en mentiroso. Todo los comunicado puede ser sólo falsificación y falseamiento, y por consiguiente, sólo se comunican siempre falsificaciones y falseamientos. El deseo de verdad es, como cualquier otro, la vía más rápida para la falsificación y el falseamiento de un estado de cosas.

Pero no sólo es una novela que abunda en reflexiones que podríamos calificar de filosóficas, si no que también es pródiga en descripciones vívidas, tan realistas como las del Carnaval de Scherzhauserfeld, fiesta en donde la felicidad y la tristeza se dan la mano como hermanas, hijas de la misma vida, y se funden en un abrazo puro de realismo:

De algunas ventanas salía, con intervalos regulares, sobre todo los fines de semana, música, un acordeón, una cítara, una trompeta, de vez en cuando se cantaba también, pero todo aquello era una alegría mortal, al que el día anterior había cantado tan bien su canción popular, hacia mediodía, yo estaba cerrando nuestra tienda, lo sacaban de la casa en ataúd, no mucho tiempo después la que tocaba la cítara se ahorcó, y el trompetista acabó en el sanatorio antituberculoso de Grafenhof en el Pongau. En Carnaval, el Martes de Carnaval, alcanzaban su punto culminante: se compraban todas las máscaras imaginables y se hacían vestidos, así llamados, divertidos u horrorosos y, como si se hubieran vuelto locos ese día, corrían furiosamente de un lado a otro por el poblado, creyendo que no se los reconocía, cuando la verdad era que se reconocía muy rápidamente a cada uno de ellos. Esa voz de borracho la conoces, ese andar renqueante lo conoces, pensaba, pero ay de quien hubiera dicho a aquellos hombres que los reconocía.
Y si mientras estaba leyendo esta novela, me creía completamente feliz en el ejercicio de la lectura, en contraposición con otras actividades, Bernhard me dio una lección cuando leí otra de las grandes frases de la novela, que por sencilla y obvia, probablemente no se me había ocurrido formulada de un modo tan simple y cercano: La felicidad está en todas las cosas y en ninguna, como la infelicidad. Lo que vemos, ¿qué quiere decir? nos interpela el narrador. 

La felicidad también puede existir aunque seamos conscientes de que somos vulnerables y de que no tenemos nada asegurado:

Hoy estoy bastante seguro de mí, aunque sepa que todo es de lo más inseguro, que no tengo nada entre las manos, que todo es sólo una fascinación, como existencia remanente, aunque siempre renovada y, en cualquier caso, ininterrumpida, y hoy me resulta todo bastante indiferente, en esa medida, en un juego siempre perdido, he ganado realmente, en cualquier caso en mi última partida.

Bien, tal vez me haya excedido pero esta novela lo amerita aunque los excesos nunca sean buenos. Las citas son necesarias, imprescindibles para comunicar de la forma más fiable que me permite una traducción del original, lo que quiso decirnos este genial autor contemporáneo y esta vez, parafraseando sus palabras diré que tal vez no haya seguido ningún camino en esta reseña porque siempre he tenido miedo de seguir un camino sin fin, y por ello, sin sentido. Así que espero haber interesado a alguien o, al menos, haber sabido comunicar todo mi entusiasmo de la forma más fidedigna posible, sin faltar a la verdad (si es que eso es posible).